6 cosas sobre el juicio final que puedes aprender en la Capilla Sixtina



Hoy te invitamos a hacer un tour virtual por la Capilla Sixtina haciendo click aquí y desde allí quisiéramos explicar algunas cosas muy interesantes sobre el juicio final y lo que este tiene que ver con nuestra vida cristiana.

¿Por qué es necesario afrontar el problema del Juicio Final?


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Ante las continuas oleadas de mal e injusticias a lo largo de la historia, cada generación se enfrenta con una serie de complejos dilemas de fondo, sobre todo filosóficos y teológicos, que si no se responden adecuadamente pueden conducir a un grave pesimismo o a un optimismo descreído y egoísta. Sobre esto, la Comisión Teológica Internacional notaba como, en el último tiempo, se ha creado una especie de «penumbra teológica», debido entre otras cosas a que «después de la crueldad inmensa que los hombres de nuestro siglo mostraron en la segunda guerra mundial se esperaba que los hombres enseñados por la acerba experiencia instaurarían un orden mejor de libertad y justicia. Sin embargo, en un breve espacio de tiempo, siguió una amarga decepción» (Algunas cuestiones de escatología, 1990).

La «penumbra teológica» además ha aumentado la polarización entre dos grupos, a saber, por un lado aquellos que, desamparados en medio de sus desdichas, esperan (e incluso invocan) el Juicio Final como castigo; es decir, piden que se realice de una vez por todas la justicia que tanto anhelamos y que no logramos construir con nuestras manos, y de paso que se castigue a los que no han hecho nada al respecto; y por otro lado aquellos que, por el contario, viviendo una vida de bienestar (al menos a nivel material), ya no les interesa el problema y se desentienden; ya no esperan en nadie ni en nada, pues no creen que la justicia sea posible. Estos últimos con gran cinismo se han resignado y, tomando la vía del indiferentismo, ponen en tela de juicio el alcance de la figura de Cristo, a quien no se le puede pedir respuestas efectivas.  A estas dos actitudes habría que añadir una tercera, que hace confluir los dos grupos bajo una misma causa. Me refiero a aquellos que, indignados ante los sufrimientos y males del mundo (ya sea personales que comunitarios), no se contentan con una justicia futura, ni tampoco se desentienden en la indiferencia, sino que deciden luchar para establecer una justicia aquí y ahora con sus propias manos, a cualquier costo.


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¿Qué actitud debe tomar el cristiano ante todo esto? Para responder a esta pregunta y lograr superar estos extremismos, puede ser provechoso meditar sobre el Juicio Final, purificando las visiones equivocadas que tenemos y renovando aquellas verdades que quizá hemos dejado en el tintero. En los siguientes puntos meditaremos en torno a esta parte central del Credo, a través de una visita guiada a la Capilla Sixtina.


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1. Un poco de historia para situarnos…

El Papa Clemente VII le encargó a Miguel Ángel de pintar una Capilla mejor conocida como Magna, tal vez porque no era muy pequeña, pero que ahora la llamaban Sixtina, en honor del Papa Sixto IV que había ordenado su restauración algunos años antes (entre el 1473 y 1481). Cuando Clemente VII muere, su sucesor Pablo III confirma a Miguel Ángel en la titánica empresa. El pintor esta vez acepta el proyecto (la primera vez lo había rechazado) y lo cumplirá con devoción entre 1536 y 1541, es decir, tan solo unos años después del violento y desastroso saqueo de Roma (que influirá seguramente en el dramatismo de la composición, pues toda la idealización y armonía humanista se había puesto en tela de juicio después de este desastroso evento). La obra será monumental (13,70 x 12,20 metros y una 400 figuras). y sobre ella, a lo largo de la historia, se escribirán miles de libros por expertos a los que nosotros no podríamos hacer ni sombra. Por este motivo, con modestia, nos fijaremos tan solo en una parte, no por ello poco importante. Nos referimos a la pared del ábside del fondo, donde se encuentra representado el Juicio Final. 


2. Importancia del Juicio Final para la vida cristiana y algunas precisiones

En encíclica Spe Salvi el entonces Papa Benedicto XVI, enseñaba que:

«La parte central del gran Credo de la Iglesia, que trata del misterio de Cristo desde su nacimiento eterno del Padre y el nacimiento temporal de la Virgen María, para seguir con la cruz y la resurrección y llegar hasta su retorno, se concluye con las palabras: “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios. La fe en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás ni sólo hacia arriba, sino siempre adelante, hacia la hora de la justicia que el Señor había preanunciado repetidamente. Este mirar hacia adelante ha dado la importancia que tiene el presente para el cristianismo. En la configuración de los edificios sagrados cristianos, que quería hacer visible la amplitud histórica y cósmica de la fe en Cristo, se hizo habitual representar en el lado oriental al Señor que vuelve como rey –imagen de la esperanza–, mientras en el lado occidental estaba el Juicio final como imagen de la responsabilidad respecto a nuestra vida, una representación que miraba y acompañaba a los fieles justamente en su retorno a lo cotidiano. En el desarrollo de la iconografía, sin embargo, se ha dado después cada vez más relieve al aspecto amenazador y lúgubre del Juicio, que obviamente fascinaba a los artistas más que el esplendor de la esperanza, el cual quedaba con frecuencia excesivamente oculto bajo la amenaza» (Spe Salvi 41-42).

Ahora bien, se podría decir que la obra de Miguel Ángel se sitúa más en este último grupo, pues si observamos con atención, aun cuando se mantiene la armonía clásica y casi formal del arte del renacimiento (al menos en las proporciones y en los cuerpos), la escena esta cargada de tensiones llenas de dramatismo, así como también lo están algunas de las expresiones de los personajes.


3. El Centro de todo

centro©Wikimedia commons

En el centro vemos a Cristo alrededor del cual converge toda la escena y los personajes. Desciende con las semblanzas de una poderosa divinidad griega. No aparece el manso y humilde hijo del carpintero o el Cristo Pantocrátor de los íconos bizantinos que tiende a ser más semejante al hombre histórico. No. Aquí nos encontramos lejos de esa «forma de siervo» que  menciona San Pablo en su himno cristológico a los Filipenses. Más bien nos vemos ante una especie de grandioso Zeus, que, aun reflejando una profunda parsimonia, con su mano alzada parece estar a punto de lanzar sus saetas de rayos sobre el mundo. En este sentido, una sana crítica que puede hacerse al respecto, es que esta alianza que se da entre la revelación cristiana (Miguel Ángel se inspira en el Apocalipsis) y el arte del mundo clásico y sus figuras mitológicas que renacen durante este periodo, en algunos puntos distorsiona el mensaje cristiano. Pues mientras para el mundo griego la perfección es ideal, para el cristianismo, de modo completamente inverso, lo ideal, el Logos, desde el cual, por el cual y en el cual, todo ha sido creado, no se debe buscar afuera como si se encontrara lejos de nosotros en su perfección acabada, en su formalidad autónoma, como si se tratase de un Dios estático (como las estatuas griegas), no, por el contrario, esta «forma ideal» para nosotros se ha hecho carne y ha venido a habitar en medio de nosotros. Sí, nuestro Dios es uno que inflamado de pasión y de amor, extiende su Palabra hasta los confines de nuestra «caverna» (como simbolizan tan bellamente los íconos del nacimiento de Jesús), asumiendo los límites de nuestra materia en toda su radicalidad. A mi parecer el Juicio Final, se debe siempre purificar de sus exageraciones terroríficas, a través del  crisol de este profundo misterio, que es la pasión y muerte de Jesús.

Aclarado esto, volvamos al fresco.


4. Los ángeles y santos

angeles©Wikimedia commons

Ángeles: Sobre Cristo (en las medias lunas) encontramos ángeles que recuerdan la pasión llevando en un movimiento de gran intensidad los símbolos de la corona de espinas, la cruz y la columna en la que Jesús fue azotado y que recuerdan su sacrificio por la salvación de la humanidad. 

Más abajo, en cambio, hay un grupo ángeles que suenan las trompetas, acompañados de otros que sostienen unos libros.  Ambos anuncian la llegada del juicio final. El libro pequeño hace referencia al libro de la vida (donde se encuentran los nombres de los elegidos o salvados); y el libro grande, al de la muerte (donde figuran los condenados).

Santos: Veamos algunos de los santos. Al costado de Cristo, la primera y la más importante entre todos es la Virgen, que se acerca a su Hijo, con un sutil gesto de temor ante el poderoso veredicto que debe juzgar a vivos y muertos.

A los pies de Cristo dos mártires ocupan un lugar especial: San Lorenzo diácono y mártir de Roma (que lleva la parrilla en la que fue quemado), y San Bartolomé, que tiene en la mano su propio pellejo, símbolo de la muerte que recibió (fue despellejado). Dicen que Miguel Ángel aprovechó para autorretratarse en el rostro de la piel.

A nuestra derecha vemos a San Pedro que tiene en la mano una llave de oro y otra plata con las que puede abrir las puertas del paraíso, y que ahora, parece insinuar con su gesto, quiere devolvérselas a Cristo. A su lado está San Pablo que realiza un leve gesto de temor con la mano. Al lado opuesto, cerca de la Virgen, vemos a San Andrés llevando una cruz en forma de X, sobre la cual predicó amarrado, mientras padecía durante tres días. Al costado de San Andrés se encuentra un personaje que algunos identifican con San Juan Bautista, aunque otros hipotizan que podría tratarse de Adán.

A los pies de Pedro, por otra parte, encontramos un grupo de mártires que portan consigo los instrumentos del martirio: primero está San Simón que tiene la sierra, luego a su costado vemos a Dimas, el buen ladrón, que carga con su cruz. La que tiene una especie de rueda con púas en las manos es Santa Catalina de Alejandría. San Blas, obispo armeno, es el que sostiene rastrillos de cardar y el soldado romano San Sebastián sostiene unas flechas. Destaca también el cirineo, que también carga la Cruz.


5. Ascenso y descenso, cielo e infierno

Condenados©Wikimedia commons

Podemos contemplar que la escena está compuesta siguiendo un movimiento giratorio, según la imagen del pastor que separa las ovejas de las cabras, usada para describir de la segunda venida del Señor, cuando Él juzgará a todos los seres humanos, vivos y muertos (cf. Mt 25,31-46).

Las ovejas a la derecha: Mirando el fresco a nuestra izquierda (que corresponde a la derecha de Cristo), podemos observar un movimiento de ascensión de los hombres que suben al cielo para reunirse con los santos. Algunos con expresiones de desconcierto o de éxtasis exploran el espacio como si no comprendiesen del todo lo que está sucediendo. Otros más conscientes, suben ayudados o aferrándose a las nubes. Más abajo, cerca de la tierra, vemos a los muertos que salen resucitados de sus tumbas para asistir, aún confundidos, al Juicio Final. También cerca de ellos se asoman, asechando desde unas cavernas, algunos demonios que intentan impedir que sean llevados al paraíso. Un poco más hacia el centro se puede observar la cueva que simboliza la boca por donde se entra al infierno.

Cabritos a la izquierda: Mientras a nuestra derecha (izquierda de Cristo), en una dinámica contraria se encuentran los hombres condenados que descienden para dirigirse a los infiernos.  Todos se arremolinan, como racimos, formando un conjunto cargado de fuerza. Los ángeles y demonios se esfuerzan por precipitar a los condenados. Los cuerpos son titánicos y transmiten una fuerza que desborda. Destacan por una parte algunos símbolos más externos: como la figura del avaro que lleva una bolsa repleta de dinero y unas llaves, y por otra las expresiones más interiores de desolación y angustia, de quienes deben enfrentar y aceptar ahora la verdad sobre su vida y su destino, como por ejemplo la figura del hombre que se cubre el rostro con gran dramatismo y compunción (esta imagen impresionó e inspiró a Rodin para hacer su famoso escultura del pensador).

En la parte de más abajo a la derecha, vemos en la Laguna de Estigia a Caronte, barquero encargado de trasladar a los muertos al reino del Hades (según la mitología griega), que en la parte izquierda de su barca, amenaza con un remo a los condenados que se demoran o no quieren bajar, una vez llegados a su terrible destino. También esta él rey Minos el juez de los infiernos, al que Miguel Ángel retrató con el rostro de Biaggio de Cesea, un gran maestre de ceremonias del Vaticano que se oponía, pues le parecía indecente, a la idea de representar una escena tan sagrada con cuerpos desnudos. Cuentan por ahí que después de ir a quejarse ante el papa (Pablo III) y a implorarle que lo «sacaran del infierno», a lo que este le respondió: «hijo mío, si te hubieran colocado en el Purgatorio, yo todavía hubiera podido hacer algo, pero en el infierno no puedo; no tengo autoridad».


6. ¿Qué se puede concluir de todo esto para nuestra vida cristiana?

juiciofinal©Wikimedia commons

Aquí una magnífica respuesta que el entonces Papa Benedicto XVI dirigió en un encuentro con el clero de Roma el 7 de febrero de 2008, allí decía.

«Santo Padre, en un discurso del 25 de marzo de 2007, dijo usted que hoy se habla poco de los Novísimos. En muchos catecismos se han omitido algunas verdades de fe. Ya casi no se habla del infierno, del purgatorio, del pecado, del pecado original… ¿No cree que sin estas partes esenciales del Credo se desmorona el sistema lógico que lleva a ver la redención de Cristo? Si se pierde el sentido del pecado, se devalúa el sacramento de la reconciliación. ¿No se está dando a la fe una dimensión meramente horizontal?.

Usted ha abordado con razón temas fundamentales de la fe, que por desgracia aparecen raramente en nuestra predicación. En la encíclica Spe salvi quise hablar precisamente también del juicio final, del juicio en general y, en este contexto, también del purgatorio, del infierno y del paraíso. Creo que a todos nos impresiona siempre la objeción de los marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. Así, nosotros queremos demostrar que realmente nos comprometemos por la tierra y no somos personas que hablan de realidades lejanas, de realidades que no ayudan a la tierra. Aunque esté bien mostrar que los cristianos se comprometen por la tierra —y todos estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios— no debemos olvidar la otra dimensión. Si no la tenemos en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido una de mis finalidades fundamentales al escribir la encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida; no se conoce la posibilidad y la necesidad de purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra, porque al final pierde los criterios; al no conocer a Dios, ya no se conoce a sí mismo y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: nosotros cuidaremos de las cosas, ya no descuidaremos la tierra, crearemos un mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio, han destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el comunismo, que prometieron construir el mundo como tendría que haber sido y, en cambio, han destruido el mundo.

En las visitas ad limina de los obispos de los países ex comunistas veo siempre cómo en esas tierras no sólo han quedado destruidos el planeta, la ecología, sino sobre todo, y más gravemente, las almas. Recobrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es la primera tarea de reconstrucción de la tierra. Esta es la experiencia común de esos países. La reconstrucción de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, solo se puede realizar encontrando a Dios en el alma, con los ojos abiertos hacia Dios.

Por eso, usted tiene razón: debemos hablar de todo esto precisamente por responsabilidad con la tierra, con los hombres que viven hoy. También debemos hablar del pecado como posibilidad de destruirse a sí mismos, y así también de destruir otras partes de la tierra. En la encíclica traté de demostrar que precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo, pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Hoy se suele pensar:  «¿Qué es el pecado? Dios es grande y nos conoce; por tanto, el pecado no cuenta; al final Dios será bueno con todos». Es una hermosa esperanza. Pero está la justicia y está también la verdadera culpa. Los que han destruido al hombre y la tierra, no pueden sentarse inmediatamente a la mesa de Dios juntamente con sus víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por eso, me pareció importante escribir ese texto también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. Traté de decir:  tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que son incurables para siempre, los que no tienen ningún elemento sobre el cual pueda apoyarse el amor de Dios, los que ya no tienen en sí mismos un mínimo de capacidad de amar. Eso sería el infierno.

Por otra parte, ciertamente son pocos —o, por lo menos, no demasiados— los que son tan puros que puedan entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay numerosas heridas, mucha suciedad. Tenemos necesidad de estar preparados, de ser purificados. Esta es nuestra esperanza:  también con mucha suciedad en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava finalmente con su bondad, que viene de su cruz. Así nos hace capaces de estar eternamente con él. De este modo el paraíso es la esperanza, es la justicia finalmente realizada. Y también nos da los criterios para vivir, para que este tiempo sea de algún modo un paraíso, para que sea una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, existe ya un poco de paraíso en el mundo, y esto se puede comprobar. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir la senda de los mandamientos, de la que debemos hablar más.

Los mandamientos son realmente las señales que nos indican el camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo escoger la vida. Por eso, debemos hablar también del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado. Y esta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor:  hay una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás en nuestra vida.

Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantas cosas equivocadas, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece, y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está muy difundida y también es muy necesaria, teniendo en cuenta tantas psiques destruidas o gravemente heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son muy limitadas:  sólo puede tratar de volver a equilibrar un poco un alma desequilibrada. Pero no puede dar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades del alma. Por eso, siempre es provisional y nunca definitiva.

El sacramento de la penitencia nos brinda la ocasión de renovarnos hasta el fondo con el poder de Dios —Ego te absolvo—, que es posible porque Cristo tomó sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que hoy esta es una gran necesidad. Podemos ser sanados nuevamente. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, no sólo necesitan consejos, sino también una auténtica renovación, que únicamente puede venir del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece que este es el gran nexo de los misterios que, al final, influyen realmente en nuestra vida. Nosotros mismos debemos meditarlos continuamente, para poder después hacer que lleguen de nuevo a nuestra gente».

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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