Un precioso video sobre una misericordia que no conoce límites: la infinita misericordia de Dios



«Es un ‘signo de los tiempos’ que la idea de la misericordia de Dios sea cada vez más central y dominante», dijo en su última entrevista el Papa emérito Benedicto XVI. ¿Pero a qué se debe este fenómeno que nos ha llevado incluso a celebrar un año jubilar dedicado a ella? Es obvio que «precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que “Dios amó tanto… que le dio a su Hijo unigénito”. Dios que es amor no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta se corresponde no solo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal» (Dives in misericodia 13). Sin embargo, por otro lado, como notaba el Papa Benedicto, en nuestro tiempo se percibe con aún más fuerza debido a que «en la dureza del mundo de la técnica, en el que los sentimientos ya no cuentan nada, aumenta la esperanza de un amor salvífico que sea dado gratuitamente». Sí, especialmente en este tiempo tecnologizado, en el cual han surgido tantos espacios virtuales que promueven relaciones desencarnadas y por ende interesadas, y además, una visión idealizada de la vida a través de imágenes que nos llevan a esconder nuestras heridas y problemas cual si fuesen una lepra que nos alejase definitivamente de la belleza, de la verdad y del amor.



El artículo continua después de la publicidad:


Justo aquí, en este tiempo, surge con mayor fuerza el anhelo de un amor que irrumpa en nuestras vidas sin condiciones; un amor que atraviese las pantallas detrás de las que nos ocultamos para tocar con su mano nuestro tejido más íntimo, y desde él invitarnos a la comunión. Este es el amor que tanto esperamos; esta es la misericordia de Dios. Un Dios que de verdad pueda decirnos: «Yo te amo así, a pesar de todo, o mejor dicho, con todo, teniéndolo en cuenta todo», o también, «Eres digno de ser amado todo tú, a pesar de, o más bien, con tus cicatrices y heridas». No se trata de una proyección utópica o de un anhelo frustrado: nuestro corazón refleja la verdad, pues nuestro Dios es uno que verdaderamente se ha abajado, para tocarlas y hacerlas suyas. Lo Perfecto se ha abajado para tocar nuestra forma concreta e imperfecta, asumiendo así toda nuestra deformidad.  Se ha desfigurado para transfigurar y así divinizar con su amor desde dentro nuestra figura. Este es el motivo por el cual la misericordia cristiana tanto escandaliza, cuanto fascina, porque no es una falsa compasión desde lo alto de un Dios que sintiendo pena al vernos tan lejos de su perfección, nos humilla desde su desigualdad (de este modo no haría más que revalidar nuestra indignidad).



No, la misericordia cristiana, por el contrario, consiste en un amor tan infinito e incontenible que lleva a Dios Padre a extenderse en su Hijo hasta las profundidades más recónditas de nuestros sufrimientos, males y pecados para colmarlos con su presencia, para así restituirnos y reconstituirnos en nuestra dignidad de hijos. En Cristo Crucificado y Resucitado nos podemos reconocer hijos amados otra vez, este es el culmen de la misericordia. Incluso nuestra belleza viene restituida y transfigurada gracias a este Amor que, haciéndose uno con nuestra carne, se humilla así mismo hasta la muerte y muerte de cruz creando una nueva modalidad de existencia que comprende y reconcilia nuestras rupturas, pues como enseñaba Joseph Ratzinger, así «la experiencia de lo bello ha recibido una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado golpear en el rostro, escupir encima, coronar de espinas – el Sagrado Sudario de Turín puede hacernos imaginar todo esto de manera tocante. Pero justo en este rostro así desfigurado aparece la auténtica, extrema belleza: la belleza del amor que llega “hasta el final” y que, precisamente en esto, se revela más fuerte que la mentira y que la violencia».

Termino con una exhortación que el entonces Papa Juan Pablo II hizo durante la homilía de canonización de Sor Faustina, allí decía:

«Como sucedió con los Apóstoles, es necesario que también la humanidad de hoy acoja en el cenáculo de la historia a Cristo resucitado, que muestra las heridas de su crucifixión y repite: “Paz a vosotros”. Es preciso que la humanidad se deje penetrar e impregnar por el Espíritu que Cristo resucitado le infunde. El Espíritu sana las heridas de nuestro corazón, derriba las barreras que nos separan de Dios y nos desunen entre nosotros, y nos devuelve la alegría del amor del Padre y la de la unidad fraterna. Su mensaje de misericordia sigue llegándonos a través del gesto de sus manos tendidas hacia el hombre que sufre. Así lo vio y lo anunció a los hombres de todos los continentes sor Faustina, que, escondida en su convento de Lagiewniki, en Cracovia, hizo de su existencia un canto a la misericordia: “Misericordias Domini in aeternum cantabo” (cantaré eternamente las misericordias del Señor, Sal 89, 2)».

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

¿Te parece que este recurso es útil para el apostolado católico? ¿Qué le añadimos? ... Tu opinión nos ayuda a mejorar

Loading Facebook Comments ...
Catholic-Link - Background

Escribe lo que buscas

Ver todos los resultados