6 momentos en los que la providencia de Dios se manifiesta en nuestra vida



El Padre que tenemos en el cielo es un Padre todopoderoso, pero además, es un infinitamente misericordioso: su corazón está cercano a nuestra miseria. Cuando Jesús nos habla de la Divina providencia en el Evangelio, nos habla de un Padre amoroso cuidadosamente dedicado a ver los más mínimos detalles de nuestra vida. «¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos» (Mt 10, 29-30).

Como la física es matemática aplicada a la realidad, yo creo que la Divina providencia es la misericordia Divina aplicada a nuestra vida de todos los días. ¿No hay veces que no sientes eso como real? ¿Nunca te pasa que te cuesta hacerte cargo del significado real de todo el asunto?. Tal vez podemos creer que muchas veces «Dios se olvida de nosotros» o que su Providencia no es tan minuciosa como nosotros quisiéramos. A –mí no me pasa muy seguido, pero no porque sea nadie especial, ni tenga una fe capaz de mover montañas, sino por un poco de mi historia:


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Como nací último en una familia muy grande (soy el menor de 12 hermanos) yo no tengo fe en la providencia. Si, leíste bien, no tengo fe. Tengo certeza plena de que existe y actúa constantemente en mi vida. Criar doce hijos –especialmente en los últimos 60 años y en mi país, Argentina, que acumuló una inflación de millones– exige no tener fe, sino tener una certeza plena en que Dios nos asiste en forma permanente. Mi papá llamaba a su método el «providencialismo demencial controlado». «Providencialismo», porque contábamos con la Divina providencia. Jamás nos faltó nada y éramos doce bocas para alimentar, vestir y educar. Pasamos algunas épocas duras, pero nunca nos faltó nada . «Demencial», porque a veces mis padres hacían saltos de confianza ciega en la providencia para cosas que podían pasar por innecesarias o superficiales (como construir una piscina muy grande en nuestro gran jardín para que pudiéramos invitar a más amigos, o irnos todos juntos de vacaciones al mar) o cosas muy necesarias, como ampliar la casa enorme que teníamos –porque incluso esa casa enorme nos quedaba chica−. Y «controlado», porque esos saltos de fe no se producían con mucha frecuencia, y siempre trataban de saldar las deudas antes de dar otro.

Y luego, vine a parar al movimiento de Schoenstatt, uno de cuyos rasgos propios del carisma es la «fe práctica en la Divina providencia». Cuando escuché esa frase, dije: −«este movimiento es para mí»–. Y fue así. El Padre Kentenich, fundador del movimiento de Schoenstatt, tiene una oración hermosa que sintetiza como debemos confiar en María:


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«Confío en tu bondad y en tu poder, en ellos espero filialmente Madre Admirable en ti y en tu Hijo, en cada circunstancia, creo y confío ciegamente. Amén».


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Antes de hablar de los puntos me gustaría decir tres cosas sobre la providencia:

La Divina Providencia no es una niñera: Dios nos conoce íntimamente y sabe lo que somos capaces de hacer y lo que no. Como dice San Agustín: «tenemos que hacer lo que podemos y pedir lo que no podemos». Pero, –no se vale hacer trampa– como dicen los niños. Si no hacemos nuestra parte, no podemos esperar que Dios haga la suya.

La Divina Providencia no es un tirano: ¡Dios no nos pide imposibles! ¡Nos pide que cumplamos con nuestro deber, nada más! ¡El resto de los gastos corren por su cuenta! Si por ejemplo a una joven albanesa en la India le hubiesen dicho que tenía que fundar una congregación de 4500 miembros que se extendiera a 133 países; la pobre monjita se hubiera muerto de angustia pensando que eso era muy superior a sus fuerzas. Pero no, Dios le dijo: «ve y cuida a los más pobres entre los pobres», y eso hizo ella, la Madre Teresa que todos conocemos y admiramos. El resto fue su «añadidura». Ahí radica la grandeza de la Divina providencia: nos da la libertad de dedicarnos a las cosas grandes (el Reino de Dios) mientras Él se ocupa de la añadidura, ¡Y cómo se ocupa!

La divina Providencia no actúa directamente. La conocida historia del hombre que pedía ayuda a Dios para que lo salvara de una inundación. Vienen los bomberos y el hombre no quiere subir a su bote porque le había pedido ayuda a Dios. Luego viene defensa civil y tampoco quiere subirse a su lancha porque le había pedido ayuda a Dios, y por último viene la policía en helicóptero, pero el hombre no se sube porque le había pedido ayuda a Dios. Cuando se ahoga, el hombre va al cielo y le pregunta a Dios: −¿Dios mío, por qué me abandonaste?– a lo que Dios contesta: −¡Hombre te mandé a los bomberos, a la defensa civil y a la policía, y los rechazaste!

Entendido esto, veamos en qué momentos Dios parece no enterarse de nuestras necesidades, y ¡qué estará haciendo mientras a nosotros nos parece que el mundo se acaba! 🙂


1. Cuando prevalece el mal

uno

Muchos ateos niegan la existencia de Dios por esta aparente indiferencia de Dios ante el sufrimiento o el mal. ¿Cómo no envía fuego desde el Cielo para extinguir el mal en el mundo? ¿Cómo Dios no se conmueve con el sufrimiento de millones de personas que lo invocan todos los días? A esto hay una sola respuesta: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (Is 55,8). ¿Por qué creemos que si estuviéramos en el lugar de Dios haríamos las cosas mejor que Él? Dios nuestro Señor tiene en cuenta hasta el último sufrimiento que pasamos en esta tierra, y tal vez muchas veces permite males para sacar grandes bienes de ellos. Recordemos que su más grande triunfo, la redención de la humanidad, partió de su derrota aparente más grande, la del martirio increíble de su propio Hijo en la Cruz. ¡Dios tiene contados los cabellos de nuestra cabeza! ¡Confiemos en que Él (y sólo Él en su sabiduría infinita) sabe qué pruebas nos pide y qué males permite, ¡para multiplicar el bien en el mundo!


2. Cuando no llegamos

dos

Cuando nos faltan las fuerzas, cuando «ya no damos más», cuando todos nuestros esfuerzos parecen no alcanzar y le pedimos que nos de la «última ayudita» para conseguir nuestro objetivo. ¿No parece que muchas veces Dios no mira nuestros esfuerzos y «no pone su parte»? Llevamos las cuentas de nuestros esfuerzos, hacemos todo lo humanamente posible, y sin embargo, parece que Dios todavía no nos manda la «añadidura» que necesitamos para llegar.

Hay una anécdota muy hermosa del hogar de niños discapacitados «San Martín de Tours» de San Rafael, Mendoza. Llegó la fiesta de la Epifanía del Señor, y los tres hermanos legos a cargo del hogar de discapacitados decidieron disfrazarse de Reyes Magos para ir a saludar a los niños, ¡pero no tenían un sólo regalo «decente» para darles a esos pequeños!. Como no tenían regalos para darles, decidieron darles un desayuno con más dulces al día siguiente, y se resignaron a que los niños pasaran la Epifanía sin regalos. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando llegaron al hogar y vieron alineados en la galería todos los zapatitos de los niños discapacitados esperando sus regalitos! ¡Y los niños, después de saludar a «Los Reyes» ¡se fueron a dormir con la esperanza intacta! Los hermanos durmieron en un sueño inquieto, con el corazón estrujado, y mientras preparaban a la mañana siguiente el desayuno «reforzado», escuchan una bocina en el Patio. Era una camioneta que venía desde una parroquia muy lejana, que habían organizado una rifa y compra de regalos para el hogarcito. Cada niño tuvo su regalo nuevo, preciosamente envuelto en un papel dorado. Los niños tuvieron más fe que los hermanos y les enseñaron a confiar en la Providencia que siempre supera nuestras mejores expectativas. 


3. Cuando la cruz que tenemos que sufrir es muy grande para nuestros hombros

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O la percibimos como absolutamente insoportable. Cuando murió nuestra hija Cecilia, con mi Esposa Mariana nos preguntamos si realmente Dios nos amaba. ¿Para qué nos mandó una hija y luego nos la sacó? ¿Se arrepintió a mitad de camino? ¿No merecíamos una hija? Y no se imaginan la furia que sentí cuando vino un pobre amigo a darme la típica frase de consuelo que se da en estas circunstancias: «Dios me la dio, Dios me la quitó, alabado sea Dios», tomada del libro de Job. ¡Pobre amigo, casi lo mato! Y sin embargo, la respuesta era mucho más sencilla y comprensible, me la dio un curita Santo: «¿Le pide permiso el labrador al campo para ararlo? ¡No! ¿Y para qué lo ara? ¡Para que el campo de más fruto!». En ese momento también me dio un poco de enojo, pero luego, con el paso de los años, comprobé que es cierto. ¡Dios es más sabio!


4. Cuando pecamos

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Especialmente cuando somos grandes pecadores, como soy yo. ¿Cómo va Dios a querer darme algo si yo le doy la espalda? ¿Cómo no me manda al infierno en este preciso momento? Es en estos momentos cuando la Providencia Divina está más «atenta» a que nos arrepintamos y volvamos. ¿Nos acordamos que cuando el hijo Pródigo volvió, el padre lo vio a gran distancia y salió corriendo, lo abrazó y lo cubrió de besos? Esto, obviamente no significa que tengamos que pecar para que Dios nos de algo, pero aún cuando nuestros pecados sean rojos como la sangre, ¡Pidámosle a Dios que nos ayude a arrepentirnos y volver a la Iglesia! ¡Está deseoso de hacerlo!


5. Cuando nosotros tenemos que ser instrumentos de la Divina providencia

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¿No te pasa a veces que ves un mendigo especialmente menesteroso, o una viejita muy anciana o muy enfermita que te estruja el corazón en su miseria? ¡Pues ahí está actuando la Divina Providencia en tí! ¡Te mueve los sentimientos, no para que te conmuevas y digas, encogiéndote de hombros: «Dios le proveerá». ¡En ese momento, eres un instrumento en las manos de Dios! ¡Dale algo! Y si no tienes nada ¡Dale un abrazo! Y si tienes muy poco, ¡Dale algo de lo poco que tienes! ¡Dios lo puso en tu camino para que lo ayudes!

En Octubre, el Papa Francisco va a canonizar al Cura Brochero, un sacerdote Argentino que murió en 1914. El Padre José Gabriel del Rosario Brochero llegó a villa del Tránsito como párroco y encontró un pueblo olvidado por las autoridades donde había más delincuentes que ciudadanos. Con paciencia infinita, el querido cura se hizo cargo de su grey olvidada, construyó una Casa de Ejercicios espirituales, y como decía él; «No se me escapó ni uno»; todos los pobladores de su querida villa hicieron ejercicios espirituales. Pero no solo eso: él primero, y detrás toda la población, construyeron una escuela para niñas, desviaron el curso de un río para tener agua en el pueblo, construyeron la primera oficina de telégrafo y –en una obra que aun hoy perdura– construyeron el camino de Traslasierra, que une al pueblo con la Ciudad de Córdoba que había olvidado de esta villa en el abandono más absoluto. Cuentan que cuando vivía en Córdoba y un mendigo le pedía dinero, él le daba todo lo que tenía, ¡aunque después tuviera que volver caminando hasta la Catedral donde vivía! Dios nos pide que seamos instrumentos de su Misericordia cuando nos pone frente a miserias que podemos reconocer y que llaman a nuestra «hambre y sed de Justicia» ¡Aquí tenemos que confiar en que si Dios nos puso el desafío, seguramente nos pondrá los medios para conseguirlo!


6. Cuando ya confiamos 

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Hay veces que realmente confiamos en la Divina Providencia, hacemos un salto de fe, y… ¡No pasa nada!. No llega la ayuda necesitada. ¿Por qué tarda? ¿Por qué a veces parece habernos dado la confianza suficiente como para arrancar pero luego parece que «retira su mano»? y «quedamos en el aire». ¿No nos ha dicho que es Hijo de Dios?” (Mt 27,43). Sufrimos y nos angustiamos, a veces no tanto por no obtener lo que queremos, sino ¡porque no quede Dios mal parado! Tenemos que recordar que los tiempos de Dios no son los nuestros. ¡Dios se mueve en términos de eternidad y nosotros en la temporalidad! Lo que podemos hacer es renovar la confianza en Dios y nuevamente rezar para que no tarde su auxilio.


Para examinarnos personalmente:

¿Cómo es mi confianza en la Divina Providencia? ¿Me reconozco en alguna de estas situaciones? ¿Sé ver y agradecer la acción concreta de Dios en mi vida? ¿Soy un instrumento dócil de la providencia en el mundo?

Andrés D' Angelo

Andrés es argentino. Junto con su esposa Mariana es miembro del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Tienen cuatro hijos. Escribió el libro "Matrimonio Fácil para tiempos difíciles". Actualmente dirige un programa de Radio.


Andrés D' Angelo

Andrés es argentino. Junto con su esposa Mariana es miembro del Movimiento Apostólico de Schoenstatt. Tienen cuatro hijos. Escribió el libro "Matrimonio Fácil para tiempos difíciles". Actualmente dirige un programa de Radio.

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