Podemos resignarnos con todo, menos con el amor. Una reflexión ante la enfermedad de un hijo

Si la vida cambia de rumbo conocerás otros lugares que también son maravillosos...



Durante mis tres embarazos le he pedido a Dios que mis hijos nazcan bien. Con ese bien me refería a que no sufran ninguna enfermedad. Quería hijos sanos, perfectos… ¿Quién no lo quiere así? En ese volverse mamá, uno va experimentando en carne propia la ilusión por los hijos que vendrán, y a la vez el temor por la gran responsabilidad. Una mujer que espera un hijo sabe, así sea primeriza, que la labor que viene no es poca cosa. Aparecen las dudas, los temores, los cuestionamientos: ¿seré una buena madre?, ¿qué va a pasar si se enferman?, ¿será que voy a poder?, ¿y si algo malo sucede?

Todos son temores válidos. Cómo no hacerse tantas preguntas si lo que vamos a recibir es nada más y nada menos que la vida de otro ser humano. Su vida, no solamente será nuestra responsabilidad sino que también pasará a ser parte de quiénes somos. Ellos vienen, de alguna manera a contribuir con nuestra identidad. Hombres y mujeres dejamos de ser quiénes fuimos para convertirnos en padres. Tan simple e indiscutible como eso. Nunca más estaremos solos, siempre habrá alguien más que esté pendiente de cada uno de nuestros pasos, y nuestras decisiones, buenas y malas, repercutirán en ellos así no lo queramos.


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¿Qué pasa pues cuando nuestras ilusiones por el hijo que viene se trastocan, cuando nuestros temores se vuelven realidad? «El niño no viene bien» –parece que el mundo se fuera a acabar–. ¿Por qué no viene bien?, ¿por qué a mi?, ¿qué fue lo que hice para que esto sucediera?, ¿qué va a pasar ahora? Y frente a una situación así, ¿qué podemos decir o hacer. El dolor nos traspasa el alma y ¡cuántos han renegado de Dios y han perdido la fe! Si yo he sido bueno y justo, ¿por qué tiene que sufrir mi hijo?, ¿por qué tiene que pasar esto? Pareciera que nada, pareciera que no hay respuesta válida, pareciera que solo el tiempo es quien se va a encargar de hacernos pasar este momento difícil, pareciera incluso que lo único que podemos hacer es resignarnos con la vida…



Una vez alguien me dijo: «uno puede resignarse con todo menos con el amor» ¡Cuán cierto es esto! Mi hijo no vino como esperaba pero eso no significa que vino a medias, o que lo ame a medias. Tampoco significa que no haya venido bien. Por supuesto que llegó bien. Llegó con todo lo que es y así es recibido en la familia, en único lugar en donde nos aman por lo que somos y con todo lo que somos, y en el único lugar donde nos enseñan a amar de esa manera.


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Así como en el video, a veces nos preparamos para ir a la playa y resulta que terminamos escalando una montaña, sin que eso signifique que la aventura sea menor. Tal vez no nos echemos en la arena a ver un mar calmo y cristalino pero probablemente alguna noche nos echemos en la cima de una montaña a ver un cielo lleno de estrellas. No perdamos la fe frente a la dificultad de afrontar un niño especial o con una enfermedad incurable, abracemos la aventura de ser sus guardianes, aquellos que los guiarán en el camino, quienes estén presentes en cada paso, a quienes siempre van a voltear en búsqueda de amor… de eso finalmente se trata el ser padres, independientemente de la condición de los hijos.  Nos dijo el Papa Francisco en su Catequesis del 29 de mayo de 2015: 

 

«Y mirando la Cruz: ‘¿Por qué tu Hijo y ellos? ¿Por qué?’. Es el misterio de la Cruz. Tantas veces pienso en la Virgen, cuando le han dado el cuerpo muerto de su Hijo, todo herido, escupido, ensangrentado, sucio. ¿Y qué hizo la Madre? ‘¿Llévatelo?’. No, lo abrazó, lo acarició. También la Virgen no comprendía. Porque ella, en aquel momento, recordó aquello que el ángel le había dicho: ‘Será Rey, será grande, será profeta…’; y dentro de sí, seguramente, con aquel cuerpo así herido entre los brazo, con tanto sufrimiento antes de morir, dentro de sí seguramente habría tenido deseo de decirle al ángel: ‘¡Mentiroso! Fui engañada’. También ella no tenía respuesta. No tengan temor de preguntarle a Dios: ‘¿Por qué?’; provocarle: ‘¿Por qué?’, siempre que estén con el corazón abierto a recibir su mirada de Padre. La única explicación que podrá darte será: ‘También mi Hijo sufrió’. Pero aquella es la explicación. La cosa más importante es la mirada. Y su fuerza está ahí: la mirada amorosa del Padre».

 

 

Silvana Ramos

Silvana tiene 38 años, es ingeniera y trabajó muchos años en una empresa de innovación. Hace 5 años fue mamá por primera vez y hace 3 años renunció a la ingeniería para dedicarse a sus hijos. Hoy es mamá de 3. El matrimonio y la familia se han convertido en su verdadera vocación.


Silvana Ramos

Silvana tiene 38 años, es ingeniera y trabajó muchos años en una empresa de innovación. Hace 5 años fue mamá por primera vez y hace 3 años renunció a la ingeniería para dedicarse a sus hijos. Hoy es mamá de 3. El matrimonio y la familia se han convertido en su verdadera vocación.

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