Un conmovedor poema de un abuelo a sus enfermeros antes de morir



«Escorbútico viejo» es un hermoso poema que un abuelo le dejó a sus enfermeros del asilo cuando falleció. Este poema nos cuestiona profundamente sobre nuestra actitud ante las personas que han avanzado más en la vida que nosotros y están dando sus últimos pasos.

Acompáñame y leamos juntos este poema. El texto original está en cursiva y mis comentarios están debajo en letra normal.


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«¿Qué ves enfermero? ¿Qué ves?

¿Qué estás pensando… cuando me miras?


[]
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¿Ves un hombre viejo, irritable… no muy sabio,


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con hábitos inciertos… con ojos lejanos?

Que regatea con la comida…y no responde,

cuando dices en voz alta…¡espero que la pruebes!

¿Y que pierde un calcetín… o lo zapatos?

Que a veces resistiendo y a veces no… te permite hacerlo

a tu manera, bañarse y comer…

¿así para llenar el largo día? ¿Es esto que

estás pensando? ¿Es esto que ves?

 

El zorro del Principito nos enseña algo fundamental: «solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos». ¡Nada más cierto para los abuelos y ancianos! A veces podemos escucharlos quejarse todo el día, o quizás ya no podemos conversar con ellos porque tienen disminuidas sus facultades mentales, o sufren alguna discapacidad y no se pueden mover. Pero detrás de esta apariencia frágil hay algo más, hay toda una vida de experiencias, de sabiduría, de alegrías y también de dolores. Incluso hay algo más profundo todavía: hay una persona a quien Dios le ha dado una larga vida y todavía tiene una misión que cumplir en la Tierra.


viejo© jlmaral/Flickr

Abre los ojos enfermero… no me estás mirando a mí.

Acepté el regalo de nacer… y comí según su agrado.

He sido un niño de 10 años… con un padre y una

madre, hermanos y hermanas… que se amaban.

Un joven de dieciséis años… con las alas a los pies

soñaba que pronto… encontraría a una mujer para amar.

Fui un esposo de veinte años… con el corazón que se me

salía por el pecho.

A los veinticinco años… tuve junto a mí a mi esposa.

Que necesitaba de mí para seguir adelante… y tuve una

casa y era realmente feliz.

Un hombre de treinta años… mis hijos crecieron rápidamente,

unidos entre ellos… con una relación que debería durar.

A los cuarenta años, mis jóvenes hijos… crecieron y siguieron

sus caminos, pero mi mujer se quedó junto a mí… para ver que todo fuera bien.

A los cincuenta años, una vez más… los niños jugaban sentados en mis piernas,

y luego me llegaron los días oscuros, mi mujer murió.

Miraba el futuro…y sentía escalofríos de terror.

Cuando era niño sentía que el tiempo pasaba muy lentamente. Cada año era una eternidad que no acababa nunca. Ahora que soy un poquito más grande me doy cuenta de que el tiempo empieza a pasar más rápido. Si todavía no te ha pasado esto, ya te va a empezar a pasar. Y si Dios lo quiere, mucho más temprano que tarde vamos a ser ancianos. Más allá de las explicaciones que existan para este fenómeno, yo creo que la enseñanza es muy clara: la vida es fugaz y se pasa volando. Esto nos debe cuestionar mucho sobre qué estamos haciendo con el tiempo que Dios nos da.

«El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente, aunque no pensemos en ello» (Papa Francisco).


sabiduria©[Magec]/Flickr

Y crecieron mis hijos…y también sus hijos.

Y hoy pienso en los años transcurridos… y al amor que conocí.

Ahora son un hombre viejo.. y la naturaleza ha sido cruel.

Es una burla la vejez… te miran todos como si fueras un imbécil.

El cuerpo se deshace… la gracia y la fuerza, desaparecen.

Pero dentro de esta carcasa vive aún un joven,

y de vez en cuando… mi corazón se inflama y me vuelvo incierto.

Recuerdo las alegrías… recuerdo el dolor.

Y estoy amando y viviendo… la vida de nuevo.

La sabiduría que dan los ancianos no la puede dar nadie más. Incluso pensemos en algún anciano que haya vivido su fe durante su vida. Te invito que pensemos un poco en un anciano que aparece en la Biblia: Simeón. Él esperó durante toda su vida la llegada del Mesías de Israel, y hacia el final de su vida lo pudo encontrar en Jesús niño. Me imagino que él tendría mucho que enseñarnos sobre la perseverancia, la esperanza y la confianza en Dios. Que bonito sería poder terminar nuestra vida con sus palabras: «Ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…» (Lc 2, 29-32).


anciano© Pixabay.com

Pienso en los años, que siempre son muy pocos… y que

pasaron rápidamente.

Y aceptar el hecho desnudo y crudo… que nada puede durar.

Por lo tanto, gente abran los ojos… abran y vean.

No ven un nuevo viejo e irritable.

Miren más de cerca… ¡me ven…a mí!

No abandonemos a nuestros ancianos, no los dejemos

en la soledad que a menudo la vejez obliga a sufrir.

Recordemos que son personas, con una vivencia, una sabiduría,

una historia que contar…

Creo que nunca más vamos a ver de la misma manera a un anciano. Este poema nos hace verlos como personas con mucho que enseñarnos, que han avanzado más en la vida por lo que tienen una sabiduría que solo la puede dar los años.

El Papa Francisco nos ha regalado el Jubileo de la Misericordia. Y pienso que es una ocasión muy buena para que te preguntes: ¿cómo estás viviendo la misericordia con los ancianos y abuelos? Si no se te ocurre como puedes hacerlo, la Iglesia te invita a visitar a los ancianos, darles de comer y de beber, darles alojamiento, vestirlos, enterrarlos cuando parten, son las obras corporales, que podemos practicar de manera especial con ellos, más aún si son ancianos que han sido abandonados. Pero yo creo que las obras de misericordia espirituales las podríamos vivir de manera distinta con los ancianos: aprender de ellos que sí saben, escuchar sus buenos consejos, aceptar las correcciones que nos hagan, pedirles perdón cuando no les tenemos paciencia, dejarnos consolar cuando estemos tristes y pedirles que recen por nosotros cuando estén frente al Padre. Una frase más de Francisco para terminar:

«Los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar, porque esta civilización seguirá adelante sólo si sabe respetar su sensatez y su sabiduría».

Juan Andrés Zenteno

Juan Andrés es chileno tiene 25 años y escribe desde Argentina donde vive desde hace un tiempo. Es laico consagrado y estudia historia.


Juan Andrés Zenteno

Juan Andrés es chileno tiene 25 años y escribe desde Argentina donde vive desde hace un tiempo. Es laico consagrado y estudia historia.

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