¿Qué harías si todas las mañanas encontraras mucho dinero frente a tu puerta?



«¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol? Una generación va, otra generación viene; pero la tierra para siempre permanece. Sale el sol y el sol se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira hacia el norte; gira que te gira sigue el viento y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir. […] Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos, y que ningún provecho se saca bajo el sol. No hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio» (Ecl1,3-7/2,11.16)

En el siguiente video veremos a un hombre que todos los días al despertarse se encuentra mucho dinero frente a su puerta. 1440 Euros.


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1440 minutos si no duermes. Eso es todo. 1440 minutos, un día sin sueño. Y a los varios días llamamos meses; y a los meses años. Pero en el fondo ¿Qué es la vida? Cuando duermes y ves pasar esos valiosos minutos en mundos irreales ¿Con qué sueñas? Cuando te levantas en la mañana y constatas que tus sueños no se cumplen, y que siguen cayendo inexorablemente esos granos de arena que valen más que el oro puro; se los traga el tiempo, como Cronos se come a sus hijos, y tú no puedes hacer nada, y sabes que no volverán jamás, ¿Para qué vives? ¿Cuál es el sentido de todo? El sentido de tantos esfuerzos titánicos, entre viajes, trabajo, estudios, planes, tratando de aferrar un instante destinado tarde o temprano a desaparecer para siempre ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué es la vida? Se preguntaba Segismundo desde su torre entre sueños y quimeras; y sin poder despertar del ensueño respondía: «Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son». ¿Tendrá acaso razón el intratable príncipe? ¿Tendremos que conformarnos con vivir en una especie de sopor entre ilusiones, sueños y apariencias?, o por el contrario, ¿existe un punto de apoyo sobre el cual podemos construir y alzar nuestra existencia más allá de sí misma? Si no «¿Qué provecho sacamos? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos (1Cor15,32)». ¿Y si los muertos en cambio resucitasen? ¿Si la muerte no tuviese la última palabra? Si los cielos se rasgaran y Dios bajara para tocar nuestro espacio y nuestro tiempo, para hacerlo suyo ¿qué sucedería? Entonces todo quedaría embebido por lo divino. Entonces cada segundo podría ligarse a Dios, tic. Entonces cada minuto podría ser eterno, tac. Cada día vivido en Él, sería realmente un momento oportuno, un tiempo de salvación. Esta es la buena noticia: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gal4,4).


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Ahora podemos dormir en paz, porque nuestros ojos han visto la salvación. Dios ha entrado en nuestra historia, asumiéndola y rescatándola desde dentro. El reloj ahora reposa de costado como símbolo del infinito; podemos, pues, descansar en las aguas (o en las arenas) apaciguadas por el amor eterno de Dios, a quien los vientos y el mar obedecen. Todo recobra su sentido: lo ordinario se vuelve extraordinario, lo cotidiano divino, pues somos hijos de Dios. ¿Qué es la vida?:


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«Os revelo un misterio: No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido devorada en la victoria. Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Así pues, hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que vuestro trabajo no es vano el Señor» (1Cor15, 51-58).

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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