Ella tenía todo el derecho a odiarme, en cambio me amó



Para empezar, voy a pedirte que veas el video que comparto más abajo. Tomate un par de minutos, no es largo. Quiero dejar que sea ese hombre el que, con su testimonio, haga la introducción del tema que hoy quería compartirte.

¿Ya lo viste? No sé si a ti, pero a mí me impresionó bastante. No usa muchas palabras, pero nos dice mucho. Creo que traduce el drama de un corazón que se desvía, que tiene miedo de volver y de pronto experimenta el sobrecogedor sentimiento del perdón, la repentina noción de un amor inmerecido, la gratitud ante una actitud misericordiosa. ¿No te parece que nos puede servir como analogía para entender (algo) del amor de Dios?


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«Supo ver más allá de mi situación y de mi condena a cadena perpetua por el peor crimen que un hombre puede cometer» nos dice la persona del video, al referirse a quien debía de guardarle rencor, odio, rabia. ¿No es lo mismo que hace Dios con nosotros? ¿No podemos acaso decir esto mismo al darnos cuenta de que Dios nos pasa por alto muchas faltas, recibiéndonos con brazos abiertos al vernos volver arrepentidos?



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Primero consideremos el Amor…

Misericordia viene de las palabras en latín “miserere” y “cordis”, “compasión, piedad” y “corazón. Entendemos el término como “un corazón que se compadece”, un corazón que perdona, que se apiada de nuestras miserias. Y Dios puede perdonarnos y apiadarse de estas miserias – que a veces ni nos molestamos en sacar, pues sin darnos cuenta podemos incluso estar “encariñados” con ellas – porque nos ama con un corazón de Padre. Como Padre, loco de amor por sus hijos, por los más pequeños, los más indefensos, los que más necesitan de Él. Tan loco que envía a su propio Hijo para que nos muestre ese Amor, encarnándolo, haciéndolo cercano. Jesús es la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8).

Pero no llegamos a entender o, mejor dicho, asimilar de qué manera o hasta qué punto nos toca esta Misericordia de Dios. De qué manera Su Corazón se conmueve, deseoso de acogernos, de disculparnos, de que nos acerquemos a Él. Ocurre que queremos medir en términos humanos – porque así somos, a todo queremos poner un peso y medida – y no nos entra en la cabeza la infinitud. La misericordia de Dios nos sobrepasa porque Su Amor es más grande que nuestro amor e incluso que nuestros pecados y nuestra contrición.

… para entender la Misericordia

La Misericordia «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa» (mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016).

Esta esperanza es paciente, respeta nuestra libertad y, aunque nosotros nos impacientemos y rebelemos incontables veces ante los tiempos de Dios, Él no apura los nuestros. Pero, como es tan bueno y no se deja ganar en generosidad, se hace el encontradizo, por si nos animamos a acercarnos. ¡Es que está ansiosísimo por tenernos cerca! Por eso después podemos darnos cuenta de que aunque creíamos que nosotros le buscábamos, era Él el que nos buscaba primero.

«Dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos (…). Ahí sentiremos su ternura, tan bella, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor» (Papa Francisco en el 2013, en la Misa de toma de posesión de la Basílica de San Juan de Letrán).

¡Cuántas veces dejó a las 99 por mí!

«Su misericordia va de generación en generación para aquellos que le temen» (Lc 1, 50). Podemos preguntarle no sin tristeza a nuestra Madre ¿quién le teme, hoy día, a Dios? ¿Quién teme ofenderle? Pareciera que ya a nadie le importa. O, por ignorancia – pero sin ánimos de superarla –, nadie piensa que tiene algo de aquello que le hace llorar…. Creo que es un buen momento para hacer un examen de conciencia.

¡Pero con absoluta paz, eh! Porque aunque su misericordia va de generación en generación, podemos llegar a pensar “es que hice esto y aquello… estoy muy lejos de Dios… ¿cómo puedo volver ahora…?”, y eso es re normal. La verdad, sería más raro que nos sintiéramos tranquilos, impecables. ¡Nada que ver! Como dice el P. Ramón Cué en alguna parte de su libro “Mi Cristo roto”, todos sabemos algo de lo mucho que hemos hecho llorar a Dios. Todos.

Pero – ¡gracias, Dios! – fue el Señor mismo quien ordenó a Faustina que escribiera: «Los pecadores más grandes son los que tienen derecho, en primer lugar, a esperar ante todo en mi Misericordia. Las almas que invocan mi Misericordia me dan una alegría muy grande; yo les daré gracias aún más grandes que las que me pidieren. Yo me siento incapaz de castigar al pecador, por más grande que haya sido, si acude a mi Misericordia, sino que le perdonaré en mi infinita e impenetrable Misericordia» ¡Qué desconcertante pero maravilloso! ¿No? Seríamos tontos si, incluso ante estas palabras, todavía sentimos escrúpulos que nos atajan salir corriendo hacia Él.

Como dijo el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año, la Misericordia es un anuncio para el mundo, pero cada uno de nosotros está llamado a experimentarla en primera persona. Y para que «la palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no deje a ninguno indiferente (…) ¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón» (de la Misericordiae Vultus).

El peor crimen que podemos cometer

En el video del principio, se refería al homicidio de una madre y su hijo cuando hablaba del peor crimen que podemos cometer. En mi opinión, creo que el peor crimen que podemos cometer, es dudar que incluso eso – que no deja de ser terrible – queda insuperable; dudar de la misericordia de Dios, de que todavía podemos cambiar o empezar de vuelta. Si aquella señora a quien les fueron arrebatados su hija y nieto pudo amar y disculpar… ¡cuánto más puede hacer Dios por quien se le acerca con humildad!

Es irónico que, como suele decir el Papa Francisco, Dios no se cansa de perdonar pero somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. ¿Cómo experimentar Su Misericordia, si no la buscamos?

Finalmente, ¿qué podemos hacer con su Amor?

El Amor y la Misericordia de Dios se transmiten también a través de cada uno de nosotros, hasta llegar al prójimo. Nos transforman, para que podamos a su vez ayudar a otros a encontrarse con Él; para que seamos Sus brazos, pies, manos. Para que miremos como Él miraría, queriendo como Él nos quiere.

«La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. (…) En el pobre, en efecto, la carne de Cristo se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado»  (Mensaje Papa Francisco para la Cuaresma 2016).

A Dios no le podemos ver. No le podemos tocar (fuera de la Eucaristía). Pero le vemos y podemos tocarlo en los necesitados. Abrazarlo, sentirlo. Curar sus llagas en las de los enfermos. Sanar sus heridas. Consolarle en los afligidos. Hacerle compañía al visitar a los que están solos… si sabemos algo de lo que hemos hecho llorar a Dios, sabemos algo de lo que podemos hacer para quitarle una sonrisa. ¡Y qué sonrisa, la de Cristo!


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http://biblioteca.catholic-link.com/post/137637083453/el-mal-no-tendrá-la-última-palabra-papa-francisco

María Belén Andrada

Es paraguaya, catequista, tiene 22 años y estudia Ciencias de la Comunicación. Le encanta la literatura y el arte y aspira estudiar Artes Visuales.


María Belén Andrada

Es paraguaya, catequista, tiene 22 años y estudia Ciencias de la Comunicación. Le encanta la literatura y el arte y aspira estudiar Artes Visuales.

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