¿La fe de verdad tiene la respuesta para el sufrimiento humano? (o es una bonita vía de escape…)



Me quiero centrar en un solo aspecto del video. Lo demás está bastante bien delineado, o bien esbozado, que es lo mismo, aunque con simplicidad, eso sí, y toques de sano humorismo (quizá demasiado). Porque este misterio es demasiado grande y tremendo (valga la redundancia), como para tratarlo en un video. Es por eso que quiero hacer hincapié en un punto específico (que el video menciona): el misterio, tal vez uno de los más descomunales y desconcertantes de todos. ¿Por qué existe el sufrimiento? Si te lo pregunta uno que ha sufrido o está sufriendo, lo mejor es guardar silencio; créeme no querrás convertirte en el cuarto amigo de Job. O sea, uno de esos que pretenden saberlo todo y dan cátedra, exponiendo razones claras y distintas sobre una realidad que quizá conocen poco de primera mano, o sobre la cual simplemente no hay muchas explicaciones, tal vez ninguna. 

El sufrimiento es un misterio profundo que reclama mucha reverencia, más aún si se trata de personas inocentes. El misterio primero se contempla y se acepta, con la ayuda de virtudes que no son de factura humana: fe, esperanza y caridad, virtudes que son infusas, son dones, son teologales. Quiero remarcar esto, porque creo que en nuestro apostolado, no pocas veces, pecamos de lo contrario, es decir, buscamos (quizás con buenas intenciones) construir un castillo de razones allí donde Dios quería llegar y tocar al hermano sufriente a través de nuestra compañía amorosa, incondicional y silenciosa. Una auténtica com-pasión, es decir un padecer-con el otro, habla tantas veces mejor que mil palabras. Ya lo sabemos, pero es bueno recordarlo, más aún en este año: misericordia viene del latín miser (miserable, desdichado) y cor, cordis (corazón), o lo que es lo mismo: la capacidad de sumergir nuestro corazón (todo nuestro ser) en la miseria de los demás para vivirla y superarla desde dentro con ellos. «El amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar. El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor» (Deus Caritas est 31.c). No subestimemos esta dimensión del amor que calla y se presenta como compañía misericordiosa. Repito, al menos en una primera instancia, y sobre todo ante aquellas personas que realmente han sufrido o están sufriendo, más aún si son inocentes.


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Ante el aparente silencio de Dios un abrazo puede ser la respuesta (la presencia) para quien se ve probado. Desde que la Palabra Misericordiosa sobre la cruz se ha hecho silencio, la ausencia de palabras se ha convertido paradójicamente en un elocuente gesto de esta presencia del amor de Dios que puede transfigurar todo sufrimiento. Dios nos invita con una actitud reverente a constituirnos, nosotros mismos, en encarnación vital de ese amor que responde ante lo inexplicable; en este sentido hago mías las palabras del Papa Benedicto XVI que en la Deus Caritas est de un modo impecable decía:

«Es cierto que Job puede quejarse ante Dios por el sufrimiento incomprensible y aparentemente injustificable que hay en el mundo. Por eso, en su dolor, dice: “¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada!… Sabría las palabras de su réplica, comprendería lo que me dijera. ¿Precisaría gran fuerza para disputar conmigo?… Por eso estoy, ante él, horrorizado, y cuanto más lo pienso, más me espanta. Dios me ha enervado el corazón, el Omnipotente me ha aterrorizado” (23, 3.5-6.15-16). A menudo no se nos da a conocer el motivo por el que Dios frena su brazo en vez de intervenir. Por otra parte, Él tampoco nos impide gritar como Jesús en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ (Mt 27, 46). Deberíamos permanecer con esta pregunta ante su rostro, en diálogo orante: “¿Hasta cuándo, Señor, vas a estar sin hacer justicia, tú que eres santo y veraz?”(cf.Ap 6, 10). San Agustín da a este sufrimiento nuestro la respuesta de la fe: “Si comprehendis, non est Deus”, si lo comprendes, entonces no es Dios. Nuestra protesta no quiere desafiar a Dios, ni insinuar en Él algún error, debilidad o indiferencia. Para el creyente no es posible pensar que Él sea impotente, o bien que “tal vez esté dormido” (1 R 18, 27). Es cierto, más bien, que incluso nuestro grito es, como en la boca de Jesús en la cruz, el modo extremo y más profundo de afirmar nuestra fe en su poder soberano. En efecto, los cristianos siguen creyendo, a pesar de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que les rodea, en la “bondad de Dios y su amor al hombre” (Tt 3, 4). Aunque estén inmersos como los demás hombres en las dramáticas y complejas vicisitudes de la historia, permanecen firmes en la certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros. Fe, esperanza y caridad están unidas. La esperanza se relaciona prácticamente con la virtud de la paciencia, que no desfallece ni siquiera ante el fracaso aparente, y con la humildad, que reconoce el misterio de Dios y se fía de Él incluso en la oscuridad. La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras. La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica» (Deus Caritas est 38-39).


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Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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