Si Dios no es Padre Nuestro, no hay nada que nos convierta en familia



En estos tiempos de guerra solo una palabra podrá devolvernos la paz interior y exterior que tanto anhelamos: Padre. Dos en realidad, pues habría que añadir también nuestro, es decir, Padre Nuestro. Y no me refiero a cualquier Padre, obviamente con el debido respeto de quienes merecen ostentar dicho título. Debemos ser sinceros: todos conocemos la fragilidad humana, incluso entre los mejores representantes de nuestra estirpe. ¿Qué Padre entonces invocaremos estos días para que nos traiga esa tan añorada noche de paz y de amor? ¿Qué Padre será capaz de tan atrevida empresa, por no decir imposible? Solo uno: ese que está en los cielos. Solo uno: ese cuyo nombre es santificado. Solo Dios.


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Si Dios no es Padre, no hay nada que nos convierta en familia. Si Dios no es nuestro, resulta forzado y hasta ridículo, seguir fingiendo que somos hermanos. Y si no somos hermanos, ¿en nombre de qué principio podremos invocar y establecer la paz? Sin este vínculo ningún silogismo resiste y con el tiempo acabamos, y con justa razón, en esas aberrantes ideas de que el “hombre es un lobo para su hermano”, o en su degradación más radical, incluso un infierno. Para impedir que estas locuras pasasen es que vino Cristo a la tierra, para recordarnos, revelarnos y reconstituir esa perdida y olvidada identidad de hijos, hijos del mismo Padre, ese que está en los cielos. Todo se puede resumir en aquella oración que nos enseñó Jesús y que Tertuliano llamaba la breve síntesis de todo el Evangelio: “Padre, nuestro, que estas en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino…”. ¡Qué poco se necesita para entrar, como decía Ratzinger, en el corazón mismo de la Trinidad! Para esto vino Jesús a la tierra:

“Él nos hace partícipes de su propia oración, nos introduce en el diálogo interior del Amor trinitario, eleva, por así decirlo, nuestras necesidades humanas hasta el corazón de Dios. Pero esto significa también que las palabras del padrenuestro indican la vía hacia la oración interior, son orientaciones fundamentales para nuestra existencia, pretenden conformarnos a imagen del Hijo. El significado del Padrenuestro va más allá de la comunicación de palabras para rezar. Quiere formar nuestro ser, quiere ejercitarnos en los mismos sentimientos de Jesús (cf. Flp 2, 5)”.

¿Cuánto tiempo más seguiremos resistiéndonos a aceptar lo que somos? ¿Cuánto más podremos rechazar nuestra identidad e impedir que se cumpla la Buena Nueva que el Señor nos ha traído? ¿Por qué seguir alimentando el odio y la división, en vez de la paz y la reconciliación? Aún no es tarde para cambiar los hechos.


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El futuro es nuestro, porque tenemos por Padre al Señor del cosmos. Cada granito cuenta. Empecemos por casa, en medio de nuestras familias. Dios nos concede cada año el tiempo litúrgico para recordar lo que hace dos mil años nos trajo Cristo cuando vino a la tierra. Se acerca la Navidad, todavía podemos ser hijos en el Hijo, hijos y por ende hermanos. Podemos acogerlo para que reine su paz y su amor. Es posible, basta dar el primer paso. Digamos confiadamente otra vez las palabras del Maestro, repitámoslas juntos como hermanos que somos: “Padre Nuestro, que estás en los cielos…”.

Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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