7 características que no pueden faltar en un hombre llamado al sacerdocio



En mi vida he escuchado diversidad de opiniones acerca de cómo deben ser los candidatos al sacerdocio, su comportamiento antes de entrar en el seminario y la necesidad de una vida intachable. Muchos creen que los que sienten ese llamado de Dios jamás han faltado a Misa, se saben el cantoral de memoria y toda su familia es santa. Ahora veremos que esto no es tan cierto como nos lo pintan.

Quien ha sido llamado al sacerdocio…


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1. Sigue siendo pecador, como todos

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© Roman Catholic Archdiocese of Boston/Flickr

No es para escandalizarse. Todos somos pecadores por el solo hecho de tener la mancha del pecado original. ¿Acaso Dios escoge a los más limpios de entre su grey para llamarlos? Sabemos que muchas veces no. Ahí tenemos el caso de Mateo, el publicano que recaudaba impuestos para Roma. Era llamado “traidor” por todos. No le recibían en sus casas y le rechazaban. Consideraban que había traicionado a su pueblo por hacerse cómplice de los abusos indiscriminados de los romanos para con el pueblo hebreo. Sí, Mateo podría haber sido todo lo malo que hubiesen querido, pero eso no impidió que Jesús se le acercara con amor y le llamara a su encuentro. “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Lucas 5.32).


2. Tiene una familia y una vida detrás de él, que no abandona, sino que purifica

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© Paval Hadzinski/Flickr

Suena bonito esto, pero no es fácil de explicar. El seminarista lo deja todo, su familia, sus amigos, sus proyectos, sus estudios, en fin, lo abandona todo para ir detrás del Maestro. Preguntémonos: ¿cómo es posible que se atreva a esto?, ¿y si es una confusión del momento? Es posible, pero me atrevería a decir que nadie lo deja todo por “algo” en lo cual no cree. La vocación al sacerdocio nace de una experiencia con Jesús, nace de un encuentro cara a cara con Él. Se deja a la familia y al entorno para estar “a solas con Dios”. Es necesaria la reflexión personal, darle un tiempo a Dios para escucharle e ir verificando si es una inspiración divina o no. Se deja todo por una realidad que existe y permanece en el interior que, a veces, no se puede explicar.


3. Le siguen atrayendo las mujeres

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© Airman Magazine/Flickr

Este es un tema muy discutido, que tiene algunos puntos que aclarar. El hombre es hombre por naturaleza. Dios le llama al sacerdocio siendo hombre, no espera que se convierta en una planta o en un microbio, espera que sea él mismo, que sea un ser creado a su imagen y semejanza. Al hombre le atraen las mujeres por naturaleza, no puede desentenderse de ello, pero sí puede comprometer su vida en una sola relación. Lo que pasa con un sacerdote es muy similar al matrimonio. Cuando el marido se une a su esposa, renuncia a todas las mujeres menos a una, su esposa. El sacerdote cuando se “casa” con Dios, renuncia a todas las mujeres y también a esa “una” que podría tener. Ese lugar lo ocupa Dios. El sacerdote se casa con Dios al fin y al cabo, se compromete ante la Iglesia con Él para hacer fecunda su vida sacerdotal, llevando a muchos cerca de Dios.


4. No abandona la paternidad

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© Roman Catholic Archdiocese of Boston/Flickr

Muchos estarán de acuerdo conmigo cuando digo que el sacerdote no renuncia a su paternidad sino que la extiende a todos. Un padre se dedica a sus hijos, los cuida y vela por ellos, lo mismo un sacerdote. Él  cuida de su grey, vela por su bien y su salud espiritual, no les abandona, hasta es capaz de dar su vida por ellos. Eso es ser padre. Dios le dijo a Abraham: “…no serás llamado más Abram; sino que tu nombre será Abraham; porque yo te haré padre de multitud de naciones” (Génesis 17.5). ¡Y mira que lo cumplió! El sacerdote tiene muchos hijos espirituales quienes le piden consejos y le abren su corazón para buscar el bien, no hacen falta lazos de carne para ello, basta cumplir la misión de un padre, y el sacerdote tiene esa vocación concedida por Dios.


5. Es indigno de su misión

mision

© unsplash.com

¿Quién puede ser digno de misión tan grande como ésta? ¡Nadie! No somos dignos por nosotros mismos, Dios nos hace dignos al elegirnos, al llamarnos a ser sacerdotes. Hemos tenido una vida de pecado como todo el mundo. Hemos traicionado a Jesús muchas veces, le hemos negado, pero Dios no se fija en nuestras culpas, sino en nuestro corazón renovado y dispuesto a amar más. A cada uno le llama a una vocación diferente. Quienes hemos sido llamados a la vida religiosa o al sacerdocio hemos experimentado en carne propia la misericordia de Dios. ¿Cómo es posible que Dios llame a alguien tan imperfecto como yo? ¡Es posible! Solo sabemos que Dios llama a quien quiere. Samuel lo dice muy claro en su primer libro: La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón” (1 Samuel 16.7). Y luego en otro pasaje dice: “Un corazón contrito y humillado, tú Señor, no lo desprecias” (Salmo 50.17).


6. Se sigue equivocando

sacerdote

 ©Lawrence OP/Flickr

Nadie es perfecto, tampoco el sacerdote. El sacerdocio no le quita la humanidad al sacerdote, sigue siendo hombre, sigue viviendo en la tierra, se sigue equivocando, sigue tomando malas decisiones. En fin, es normal como todo ser humano. Su deseo de perfección, de alcanzar a Dios, no nace de una idea cualquiera, de una superación personal, sino de Dios mismo.


7. Es plenamente feliz

feliz

© Roman Catholic Archdiocese of Boston/Flickr

¡Claro que sí! Quien no se sienta feliz en su sacerdocio, preocúpese. El sacerdote está llamado a una misión diferente, una misión que viene de Dios. La felicidad del sacerdote no es como la del mundo de hoy: no está en la diversión pasajera, en los placeres y caprichos personales; no tiene su origen en sí mismo. La verdadera felicidad del sacerdote viene de cumplir la voluntad de Dios y de sentirse inmensamente amado por Él. ¿Quién puede decir que el amor no produce felicidad? Quienes hemos experimentado a Dios, al amor supremo, sabemos que allí está nuestra felicidad. Imaginemos que somos pequeños pájaros sedientos volando por el desierto, y que nos encontramos con un oasis de agua viva, ¿qué haríamos? ¡Beber! ¿No se sentirá feliz el pajarito con aquella agua? ¡Claro que sí! No será éste el mejor ejemplo, pero nos ayuda a entender que nuestra pequeña probadita en el océano de amor infinito de Dios produce la felicidad. No hay felicidad plena fuera de Dios, porque Él es la fuente de toda felicidad.


Éstas son solo algunas de las características que podemos decir con respecto a quienes han sido llamados al sacerdocio, ahora te toca a ti vivir la experiencia del amor pleno. No te quedes solo con la opinión de la gente. “Acérquense a Dios y Él se acercará a ustedes” (Santiago 4.8).

Artículo escrito por H. Edgar Henríquez Carrasco, LC.

Autor invitado

El autor invitado es una de esas personas geniales que uno invita porque sabe que puede aportar muchísimo. Ha estudiado en lugares importantes, ha leído y escrito mucho, posee una gran cultura y siempre tiene una sonrisa y una palabra de aliento para todas las personas que conoce.


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