(Lectio Dominical) Viajeros que nunca embarcan. El drama de una vida que no comienza nunca (Mc 10, 17-30)

Un recurso excelente para tu Lectio personal o comunitaria de día Domingo



El autor de esta meditación es el sacerdote Gaetano Piccolo, s.j; profesor de la Universidad Gregoriana de Roma y responsable de la sección cultura de la provincia italiana de la Compañía de Jesús. Con mucha gentileza ha aceptado participar en Catholic-Link a través de la publicación de esta Lectio Divina.

Evangelio Mc 10, 17-30


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17 Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?». 18 Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. 19 Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». 20 El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». 21 Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». 22 El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

23 Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!». 24 Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! 25 Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios». 26 Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». 27 Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible».


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barcoEl viaje no siempre es fácil, especialmente porque muchos viajes se quedan solo en deseos. Quisiéramos partir a veces para escapar, a veces para cambiar de vida. Ponerse en viaje significa también decidir el propio camino, volver o dirigirse ahí donde se haya nuestro corazón. En lenguaje bíblico, decidirse por realizar el santo viaje es volver a Jerusalén, a la tierra de nuestros padres, es reapropiarse de la propia identidad.


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El viaje de la vida no está exento de tempestades: distintos vientos soplan sobre nuestras velas, vientos que ahora nos empujan hacia la meta, vientos que nos detienen y nos asustan. Sea como sea, los vientos son un recurso: sin ellos estaríamos obligados a la inmovilidad. La calma plana es la peor condición, es la que nos obliga a estar detenidos. Al contrario, podemos aprender a dirigir nuestras velas de modo que utilicemos cada tipo de viento para proseguir en la dirección deseada: esta es la prudencia, la virtud del discernimiento, esa que nos pone a la escucha de la dirección de los vientos y nos enseña a usarlos para continuar hacia el puerto que anhelamos (cf Sap 7, 7–11).

Sin embargo, a veces no logramos ni siquiera partir; ya sea porque no tenemos el coraje de elevar las anclas o porque hemos acumulado tantos lastres que ya ni siquiera recordamos en qué parte de nuestra embarcación están. El protagonista de este Evangelio es el hombre de los lastres, el hombre que, para sentirse seguro en su estabilidad, ha acumulado tanto peso, hasta el punto de haber perdido el coraje de quitarlo para poder retomar el viaje.

El evangelio lo define como “un tal”, un cualquiera, uno perdido en el anonimato. Se es anónimo cuando no se tienen deseos en el corazón. El hombre anónimo, como tantos hombres de nuestro tiempo, es el hombre sin deseos. Hasta su búsqueda de eternidad se ha convertido en un deber: puesto que toda su vida ha salido adelante simplemente observando normas, cumpliendo tareas, respondiendo a las expectativas, ahora también ve la eternidad (o la felicidad, el sentido de la vida, de la vida plena) como un derecho que se debe conquistar.

Habla de la vida eterna como si fuese una herencia, con un lenguaje jurídico que excluye la gratuidad: la heredad solo se la obtiene con la muerte del padre, quien sabe si esto es una alusión al rechazo de la relación con el Padre. Este hombre declara su disponibilidad para asumir compromisos aún más grandes con tal de merecer la vida eterna. Es más, muestra a Jesús todos sus trofeos: en la vida ha alcanzado grandes metas gracias a su esfuerzo; nunca se echó para atrás y siempre puso total dedicación en sus quehaceres espirituales. En el fondo, pareciera decir: “después del esfuerzo de una vida, sería el caso de concederme el merecido premio de la vida eterna”. Y sin embargo, este pobre hombre todavía no logra darle un sentido a su vida. “¿Dónde está mi error? ¿En qué me he equivocado?”.

Este hombre nunca ha hecho el viaje más importante: el de entrar en uno mismo. Delante de toda esta exterioridad, ostentación, méritos y deberes… delante a todas estas palabras y medallas, Jesús responde con una mirada: mirándolo dentro, lo amó. Lo ama incluso antes que este hombre haya respondido sí o no a la propuesta que Jesús está por hacerle. Lo ama incondicionalmente. Lo ama porque lo mira dentro, porque va más allá de la imagen que este hombre muestra. Lo ve allí donde este hombre nunca se ha visto. Lo ve en su debilidad, en su fragilidad, en su necesidad de ser amado.

Más de una vez, en los capítulos del Evangelio de Marcos, Jesús toma en brazos un niño: ese gesto es también para este hombre. La vida eterna, el sentido, la felicidad, están ahí, en el dejarse abrazar por el Padre, reconociendo nuestra pequeñez.

tumblr_nvgcll4jIo1uggvueo1_1280Este hombre anónimo, como tantos hombres anónimos existen en nuestro tiempo, permanece desilusionado y desconcertado delante de los verbos de Jesús. Cristo usa verbos que al mundo no le gustan: vender, donar, seguir. Este hombre había ido a comprar y recibir; para ser más autónomo. Jesús decepciona porque escapa de las lógicas humanas. El mundo nos trata de convencer de que la existencia es un gran negocio en el que debemos conquistar el primer puesto, incluso a costa de los demás; el mundo nos persuade de que debemos mostrarnos adultos, independientes y autosuficientes. Jesús invita no solo a dejar atrás aquello que creemos haber conquistado, sino a abandonar la autosuficiencia, es más, a ponernos detrás suyo, a seguirlo, poniendo nuestros pies donde los pone él, como un niño detrás de su padre.

Este hombre descubre al improviso todos sus lastres: no logra partir, se vuelve triste y vuelve en el anonimato, continuar siendo uno de aquellos que no saben que hacer de su propia vida.

El texto del Evangelio presenta también el desconcierto de los discípulos: tampoco los que están más cerca de Jesús hablan su lenguaje, aquellos verbos tampoco les gustan a los discípulos, también ellos se muestran desconfiados de las palabras del Señor. Es la desconfianza que cada discípulo lleva en el corazón, aquella desconfianza que puede ser sanada solo en el abrazo del Padre, el abrazo que transforma el viaje imposible en un desafío por el cual vale la pena vivir.

Preguntas para la reflexión personal: 

1. ¿Cuáles son los lastres que hoy te impiden tomar decisiones importantes en tu vida?}

2. ¿Cuáles son los verbos que prefieres: “vender”, “dar”, “seguir”, o, más bien, “comprar”, “recibir”, “ser autónomo”?

Autor invitado

El autor invitado es una de esas personas geniales que uno invita porque sabe que puede aportar muchísimo. Ha estudiado en lugares importantes, ha leído y escrito mucho, posee una gran cultura y siempre tiene una sonrisa y una palabra de aliento para todas las personas que conoce.


Autor invitado

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