¿Cuál es el silencio que aumenta el mal en el mundo?

omision

Catholick-link.com.-

Lo sabemos bien: “tenemos derecho a guardar a guardar silencio”. El mecanismo procesal nos protege. Incluso en algunos países hasta la misma constitución nos respalda. Somos intocables. Somos inocentes. Hasta que no se demuestre lo contrario, por supuesto. ¡Qué alivio! Conocemos nuestros derechos. No tenemos porqué auto-incriminarnos. Podemos guardar silencio. Después de todo no fuimos nosotros a perpetrar el crimen. Reafirmémoslo con convicción: El mundo no tiene porqué enterarse de que también estuvimos presentes en la escena de la tragedia. Ahorrémonos los malos entendidos. Pero cuando llegue la hora de hacer las cuentas ¿Qué le diremos a Aquel que ve en lo escondido?

Para muchos es fácil hablar de pecado de omisión. Hoy en día “omisión” suena a poca cosa. “He pecado de palabra, obra y omisión”. Ahí, al final de la fila, como quien poca importancia tiene. Pero no nos dejemos engañar, por favor. Este pecado “de medio pelo” es una trampa a largo plazo, e incluso a corto. Pues, por una lado cuando son leves, estos pecados al ser más imperceptibles e insignificantes, se nos acumulan con facilidad, llegando caules pequeñas gotas de lluvia con el tiempo a inundar los campos de nuestro interior (como diría San Agustín). Y por el otro, porque se hacen pasar por leves, cuando en realidad son muy graves y no nos damos cuenta hasta que ya es demasiado tarde.



Parece que a algunos solo a veces les duele  –repito “a veces”– el cometer directamente un pecado, y solo si es grave, e incluso solo si les viene imputado como tal. Lo demás lo retienen como exageración moralista. Se mueven por la ley de los mínimos. Todo lo contrario de quien ama y vive desde lo que ama con radicalidad. Cuestionaba con cruda dureza San Juan Crisóstomo: «Yo pregunto: ¿Es cristiano el que se conduce así? Si el fermento mezclado con la harina no la hace cambiar, ¿es verdadero fermento? Si el perfume no despide buen olor entre los circunstantes, ¿lo podremos llamar perfume?». Si guardamos silencio… si no marcamos la diferencia en nuestro entorno… si enterramos nuestro talento… ¿podemos considerarnos verdaderamente tocados por el amor de Cristo?

De hecho, cuando se trata de romper la ilusión y desenmascarar el falso “buenismo” de tantos que deambulan con aire inmaculado, claro, porque aseguran de no haber cometido ningún pecado grave y cumplen con los preceptos requeridos, es muy sano preguntarles ¿Acaso no estabas tú con aquellos que hicieron tal o cual mal? ¿No son tus amigos? “Yo estuve ahí” dicen, “pero yo no lo hice” replican como lapidaria justificación. Sin embargo la pregunta que incomoda es siempre la siguiente: “¿y por qué no hiciste nada para detenerlos?” Ahí se les cae el mundo.  La realidad ya no se presenta tan color de rosa cuando los eufemismos caen y se dicen las verdades como son. Tal vez nos hincaría más el mal cometido si en vez de omisión hablásemos de complicidad. ¡Qué duras serían entonces las acusaciones!: “has sido cómplice” “tu silencio fue cómplice” “has pecado de complicidad”. El mismo término esconde en sí la viscosidad de ese mal que se expande atrapando en su red a todos los que lo consienten (del latín complex, prefijo con = unido, junto + plico = trenzar, plegar, entrelazar). De este modo se manifestaría esa unidad que tantos quieren disimular. Es cierto, que en algunos casos existirán auténticas justificación, quizá hubo uno que contempló el hecho como pasivo espectador, por temor, quedándose paralizado sin saber qué hacer, pero también hay que admitir que no son pocos los que confiesan que el silencio era más por vanidad (no perder la estima de los amigos, ser tachado de conservador, etc.), y que incluso las miradas eran de aprobación, o de complacencia, o incluso de euforia. ¡Qué descaro! En este caso harían bien en hacer como hizo San Pablo en relación a la muerte de San Esteban. ¡Pero cuánto cuesta, porque tanto duele!

El video de hoy nos tiene que ayudar a despertar de este nefasto letargo moral tan difundido en nuestro tiempo. Y qué no nos engañe la temática. Porque no se trata ahora de tomar medidas solo en lo referente a los abusos en ámbito sexual. No. No solo. En el mensaje de hoy va más allá. Todo viene implicado. Es una enseñanza para cualquier clase de mal frente al cual no estamos siendo radicales por displicencia, tibieza, u omisión (complicidad). En esta línea el catecismo es categórico:

El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos: participando directa y voluntariamente; ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos; no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; y protegiendo a los que hacen el mal.Catecismo, 1868

Todo pecado tiene consecuencias sociales, porque somos un Cuerpo. Así como nuestros actos de amor, por pequeños y escondidos que sean, tejen puntadas que revitalizan todo el tejido social (externa e internamente), nuestras faltas repercuten en sentido inverso, trenzando esas redes de mal, que inciden en todos, amplificando el misterio de iniquidad como lo llama San Pablo. Nuestra misión cotidiana es luchar, cortando y desentramando el complejo tejido de actos negativos que se consolidan en la trama de la “gran com-plicidad social”. Todo hilo cuenta. La omisión de cada potencial bien que se nos presenta hace un mal terrible y nos vamos quedando atrapados. Todos lo experimentamos. Lo decíamos ya: Somos un gran Cuerpo.

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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