¿Conoces los hilos que conectan tu vida a la de los demás?

En este cuerpo, nuestros actos –en especial aquellos invisibles que se gestan en nuestro corazón– afectan a todos nuestros hermanos.



La humanidad esta entretejida por finos hilos –finos, mas no frágiles– hilos que nos mantienen unidos los unos a los otros como un gran cuerpo. Las puntadas se extienden también de diversos modos hacia las estructuras que creamos, de tal manera que podemos contemplar la extraordinaria belleza de la compleja tela en la que vivimos, donde todo está conectado. Este gran “tejido social” se configura en varias capaz que van desde los pliegues más superficiales y externos, hasta los más profundos y espirituales.

De hecho cuando alguien tironea, corta, daña, etc. algún de estos hilos, por más individual, escondido, privado, o incluso invisible, que el acto pueda ser, nos afecta a todos. Lo sentimos todos. Y esto revela cuán profunda es la unidad que nos vincula. Es como si viviésemos sobre una gran tela de araña. No obstante alguien se quede atrapado en la esquina más remota y olvidada de la tierra, es toda la tela que vibra. El llanto interior y silencioso de quién sufre lo podemos percibir siempre, basta solo afinar nuestros sentidos (también espirituales) y romper con la indiferencia. Los ejemplos más evidentes de esta unidad van en la línea del caso que nos presenta el video de hoy. Si alguien tira un hilo equivocado (o la cuerda en este caso) al poco rato se estiran también tantos otros hilos vinculados, generando una serie de consecuencias en cadena.


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Si alguno afloja o corta un hilo, influye negativamente sobre todo el tejido, y los hilos adyacentes comienzan a rasgarse. Este proceso se parece mucho al conocido efecto dominó, o al efecto onda de las piedras que caen en el agua. Las piezas se suceden. Las ondas se agigantan. El video lo gráfica espléndidamente: toda causa tiene un efecto. Lo sabemos bien pero lo olvidamos con facilidad. Podemos también traducirlo en categorías espirituales que nos son familiares: no existen los pecados aislados. Ningún hombre es una isla. Los pecados sin consecuencias sociales son una burda mentira del mundo moderno. Somos un gran cuerpo. Todo lo de todos nos afecta. El pecado se difunde misteriosamente, hiriendo siempre el cuerpo social. Más aún en nuestro caso como católicos, pues a través de estos hilos fluye y nos unifica además la sangre de Cristo. En este cuerpo místico, nuestros actos –en especial aquellos invisibles que se gestan en las coordenadas profundas de nuestro corazón– afectan a todos y cada uno de nuestros hermanos. Toda la Iglesia se eleva o se rebaja con nuestra actividad.

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Hoy la cultura de muerte está arrasando con los hilos más profundos que permiten nuestra comunión y unidad. Nuestro tejido social se sostiene cada vez más con fibras artificiales que ya no aguantan. El aumento de la tensión crece y lo percibimos. Las ciudades se transforman progresivamente en verdaderos desiertos (del latín “de”= privativo, “serere”= relación), es decir, lugares sin relación, sin comunión, donde dejamos de reconocer a los demás como hermanos. Se nos vende un estilo de vida y una felicidad cargados de individualismo y egocentrismo, que diluyen las relaciones auténticas y nos impiden ver el bien común que estamos llamados a cultivar y el rol protagónico que todos tenemos en dicha tarea.

¿Qué hacer entonces ante tal panorama? Primero recordar que no basta poner un remiendo nuevo sobre un tejido viejo, ya nos lo advirtió el Señor, «nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo» (Lc5,36). Es necesario renovar y retejer todo el tejido, desde lo hondo. ¿Pero cómo lograrlo? No depende prioritariamente de nosotros, mas de la gracia del Señor. Sólo Él puede resanar y “hacer nuevas todas las cosas” (2Cor5, 17). En este tiempo de cuaresma por un lado somos llamados a la conversión, a rechazar aquellos pecados que nos llevan a destruir la comunión y la fraternidad, desgarrando el tejido social. Por otro lado, más positivo, tenemos la tarea de hilvanar hilos nuevos, de reconciliación, de comunión, de misericordia…de ternura, por donde pueda pasar el Espíritu de Cristo, único capaz de dar auténtica unidad al Cuerpo Místico y a la sociedad toda. Estos hilos por donde pasa la sangre del Cordero, revitalizarán el tejido social desde adentro, transfigurándolo, haciéndolo brillar y resplandecer «tanto que ningún lavador en la tierra sería capaz de blanquearlo de ese modo» (Mc9,3).

Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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