La bufanda perdida: un cortometraje sobre las búsquedas en nuestra vida

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cortometraje bufanda

Captura de video

The Missing Scarf (La bufanda perdida), es un corto de una ironía que raya en lo absurdo, pero que sin embargo, logra exponer con elocuencia y creatividad algunos de los anhelos y de los problemas más acuciantes de la existencia humana (al mejor estilo Principito). No sorprende pues que con este corto su creador Eoin Duffy haya sido el ganador de más de 15 premios.

Ahora bien, en este breve post trataremos de interpretar desde una mirada iluminada por la fe algunos de los símbolos, aclarando y complementando, a través de la sana crítica, los temas propuestos por Albert y sus amigos del bosque.

En su primer encuentro Albert desenmascara, con una lucidez deslumbrante, una realidad que atormenta a todo ser humano: lo desconocido. Lo desconocido que nos da miedo, porque es algo que no podemos controlar. Esto se asemeja a la experiencia que muchos tienen ante los misterios de la vida.  Albert da en el clavo con un argumento simple y contundente: lo desconocido no es una pieza extraña del puzzle de la vida, de la cual debemos desconfiar, no, por el contrario, se trata más bien una parte esencial de él. Es incluso la condición necesaria para que se produzca la maravillosa posibilidad del estupor y del nuevo conocimiento. Es algo bueno. Sin embargo, nosotros sabemos que lo desconocido entendido en su profundidad última como misterio, no se agota con el simple progreso de nuestro conocimiento racional, antes bien crece con él. El misterio así entendido es en el fondo el corazón mismo que constituye y sostiene el mundo visible y material. Mientras más contacto tenemos con el misterio más se ensancha su horizonte (y lo mismo ocurre con el Misterio con mayúscula). Por ello habría que añadir aquí, que la verdadera paz solo la encontraremos cuando sepamos vivir acogiendo con naturalidad y reverencia el misterio, en una actitud de contemplación. Como decía Chesterton:

Es el misticismo el que nos ha mantenido mentalmente sanos. Mientras tengáis misterio, tendréis salud; destruid el misterio y habréis creado la enfermedad.

Los miedos (incluso patológicos) se acrecientan en la vida de las personas que no soportan la “media luz”, ese misterio que envuelve la vida y que encuentra su fundamento en Dios. Por eso continuaba Chesterton:

… el hombre común siempre ha estado mentalmente sano porque siempre fue un místico. Siempre aceptó la media luz.

Chesteron irónicamente contaba que en sus visitas al manicomio la mayoría de las personas que encontraba no carecían de razón, sino que eran demasiado racionales; enloquecían tratando de abarcar y encerrar el misterio en sus cabezas.

Conrad el Castor por su lado también vive un sufrimiento muy común y cotidiano: el temor ante la incertidumbre del posible fracaso. Esto lleva a algunos a tomar una serie de precauciones que acaban por bloquear la espontaneidad de la vida. Es normal que las posibles grietas en nuestras represas (planes, sueños, metas, etc.) que estamos construyendo o deseamos construir, nos asusten; pero no podemos permitir que esto nos lleve a una parálisis existencial. Los dos temores fundamentales que debemos enfrentar son: el sufrimiento que los fracasos nos generan y la imprevisibilidad de estos mismos, que, como decíamos antes, nos impide controlarlos, suscintando también un comprensible temor. ¿Cómo lograr tal empresa? La única manera es ponerse en marcha, es decir, lanzarse y estrellarse infinitamente, como la ola del mar hasta limar las ásperas y puntiagudas rocas que nos amenazan. Hay que arriesgar, equivocarse y aprender a sufrir en el camino de la vida para poder avanzar. En el caso del cristianismo además tenemos el gran consuelo que el Señor está con nosotros y nos sostiene. Con su gracia nos auxilia en medio de nuestras luchas y fatigas cotidianas, y nos da un horizonte hermoso para encontrarle al sufrimiento un sentido pleno. No hay caminos fáciles, ni atajos. La práctica hace al maestro y de los errores se aprende, dicen los dichos.

Edwin el zorro en cambio refleja el clásico problema de valoración y seguridad que en nuestro tiempo ha adquirido rasgos alarmantes. En nuestra época se palpa la flagrante ruptura, la afirmación unilateral y exasperada de la libertad que ha contribuido a difundir en Occidente la cultura del individualismo. Esta genera desconfianza. Y la desconfianza genera miedo ante quien me es extraño. Y el miedo decanta en la violencia (la historia nos lo enseña). El ser humano por el contrario anhela la amistad; anhela confiar; anhela apoyarse en los demás en un clima familiar (descansar en el amor de los otros). Fuimos creados para el encuentro, para el amor, para salir fuera de nosotros mismos en un movimiento de entrega auténtica. La mayoría de las veces lamentablemente, este movimiento de salida se ve truncado por el miedo al rechazo, al qué dirán, a la posibilidad de perder algo, o de ser heridos y no correspondidos (esto se conecta con los temas antes tratados). El secreto aquí es el mismo que el anterior: hay que lanzarse, hay que arriesgar en un acto de entrega desinteresada. En el camino descubriremos que muchos de nuestros miedos eran infundados, y aunque también constataremos las inevitables desilusiones, en el proceso nuestro corazón se ensanchará y se hará más fuerte. La certeza que nos impulsa es que: «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium et Spes 24). Si además nuestra amistad está fundada en el Señor encontraremos siempre la fuerza neceseria para recomenzar el movimiento de donación hacia los demás. En el Señor que es la fuente del amor incondicional, podemos asegurar esa amistad imbatible que nos da la solidez necesaria para amar sin medidas.

Finalmente con Fredereick el Oso enfrentamos una de las preguntas más radicales acerca del sentido de la vida. En esta parte del video el autor explota en modo casi ridículo la figura de la hipérbole: la exageración aparece aquí muy forzada. Y aunque debo admitir que me hizo reír, banaliza demasiado la dramaticidad del dilema que nos pone la vida entre su caducidad inminente y los efímeros deseos que a veces nos perturban cotidianamente. Esas bufandas que a veces importanes, pero tantas otras son solo banalidades, por las cuales no deberíamos perder tanto tiempo y desgaste, pues en el dejar que nos angustien más de la cuenta perdemos de vista lo esencial; las preguntas fundamentales sobre el sentido mismo de la vida.

Por otro lado tenemos que críticar también aquí que la visión cósmica propuesta por Fredereick  tiene un fuerte dejo de budismo, donde todo se repite en ciclos de los cuales el hombre no es más que un engranaje irrelevante.  El cristianismo por el contrario es línear, porque es historia. La historia de reconciliación entre Dios y el hombre, donde el hombre es el protagonista y los ciclos cósmicos son un simple engranaje que se ordena al plan de amor libre, pensado por Dios; ese plan que llega a su plenitud en Cristo y que sigue avanzando hasta que todos seamos unos en Él. Sobre esto Chesterton decía con incomparable destreza poética:

Así como hemos concebido al círculo como el símbolo de la razón y la locura, podemos también concebir a la cruz como el símbolo al mismo tiempo del misterio y la salud. El budismo es centrípeto, pero el cristianismo es centrífugo: se expande. Dado que el círculo es perfecto e infinito en su naturaleza; pero está fijo para siempre en su tamaño; no puede nunca ser mayor ni menor. Pero la cruz, aunque tenga en su corazón una colisión y una contradicción, puede extenderse por sus cuatro brazos para siempre sin alterar su forma. Porque tiene una paradoja en su centro, puede crecer sin cambiar. El círculo retorna hacia sí mismo y está atrapado. La cruz abre sus brazos a los cuatro vientos; es una señal en el camino para viajeros libres.

Finalmente, más allá de las miradas disyuntivas que nos separan de las interpretaciones del autor, creo que en el fondo toda su búsqueda transmite una sincera nostalgia de un sentido trascendente que sea capaz de superar la fragilidad del espacio y del tiempo (personal y cósmico) en el cual se enmarcan nuestros anhelos que se enfrentan al inexorable tic-tac del reloj. Este dilema nos obliga a salir de la indiferencia, a reflexionar y a tomar una posición sobre el sentido de nuestra búsqueda (de lo que vale la pena). Les dejo en esta línea una bonita cita de un escritor holandés que me parece resume y expresa con mucha hondura este drama. Decía Peter Van Der Meer Walcherner, en su libro Nostalgia de Dios cuestionándose frente a la muerte:

Un momento breve como un relámpago, estamos aquí, en el mundo vivientes, con la tempestad salvaje de nuestras pasiones, torturados por todos los anhelos y todas las ilusiones, deseando aprisionar lo imposible, y apretarlo contra nuestro corazón. Interrogamos al pasado, leemos lo que han pensado los hombres; no podemos comprender. Interrogamos a la tierra, al cielo, a los astros, a los abismos siderales y a los abismos de nuestra alma; sollozamos de éxtasis y de nostalgia ante las cosas bellas, hacemos grandes gestos llenos de pasión, y luego, de pronto, nos quedamos extendidos, inmóviles, y ya no hay nada más, nada más… ¡Las estrellas, que contemplábamos con tal inmenso anhelo, no se acordarán de nosotros!… ¡Cristina!.

Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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