¿Por qué el sufrimiento de un inocente no justifica tu rechazo de Dios?

Sufro, luego dudo de Dios. ¿Cómo refutar ese argumento?

¿Cómo responder a un mundo que se nos presenta como cosmos en cuanto a desorden y ruptura?

Tal vez el problema del mal sea el argumento más provocante y válido de quienes no creen en Dios. La Iglesia cuando reflexiona seriamente sobre este problema lucha por no caer en la burda ingenuidad de las respuestas ramplonas. Lo sabemos todos, el mal es un misterio demasiado grande para pretender resolverlo en un discurso, incluso para el creyente. Por eso, la apologética que lo afronta como si fuese un problema en el que bastarían un par de silogismos para desmontar su paradojalidad, poco o nada entiende de la densidad que el sufrimiento moral y físico acarrea sobre quienes transitan el desafiante valle de lágrimas.

Aun así, tampoco la Iglesia sufriente, esa que completa los padecimientos de Cristo, deja de reflexionar con agudeza sobre el asunto, buscando aquellas razones que le permitan acercarse con reverencia a este tremendo misterio para arrojar un poco más de luz sobre aquello que San Pablo llamaba “misterium iniquitatis”. El video que presentamos hoy busca ser un poco de esto último más que de lo otro. Porque lo sabemos bien, no solo la Iglesia cae en el juego de los argumentos simplistas, de los fríos y abstractos silogismos que desencarnadamente ni siquiera rozan el problema. También muchos de los frenéticos ateos que se debaten en este campo, argumentan sin sopesar seriamente el alcance de sus afirmaciones.

Como bien recuerda el video, la razón autosuficiente y cerrada se vuelve incapaz de descifrar la realidad y por tanto queda estéril ante los problemas mismos que plantea. Al no acoger ese Logos ínsito en las cosas que la supera y que se pone como punto de paragón (y referencia), cancela cualquier posibilidad seria de plantear la cuestión de lo justo o injusto, de lo malo o lo bueno, etc. La razón que no va más allá de sí, se vuelve incapaz no solo de escuchar y abrirse al diálogo, por falta de sustento, sino además se queda sin poder dar una respuesta sólida a quienes desesperadamente necesitan y buscan un sentido ante el drama del mal. Esto último es tal vez lo más triste y cruel de su falso realismo.

¿Ante el misterio del mal qué decir?

Sin un punto de partida que vaya más allá del silogismo mismo y que nos permita mirar el problema con una nueva mirada, no podremos salir del círculo vicioso que nos lleva a subir de las opuestas conclusiones hasta las opuestas premisas; pero cuando llegamos de verdad a éstas, la argumentación se interrumpe e invocar una premisa más bien que la otra resulta una cuestión de simple afirmación y contrafirmación, de gustos y disgustos, de sentimentalismos. Y cuando ya no hay diálogo posible, cuando todo queda a la merced de un emotivismo ético como preanunciaba MacIntyre, o de una dictadura del relativismo como desenmascaraba el entonces Papa Benedicto XVI, la única via posible es el silencio, o la desesperación, o en no pocos casos también la violencia.

Cómo podríamos responder a las exigencias de un mundo que no solo se revela como cosmos en cuanto orden y armonía que no hemos construido (más bien recibido como don, como creación), sino que además se nos presenta como cosmos en cuanto desorden y ruptura (del que hace mención San Juan), es decir «el mundo humano tal como se ha desarrollado históricamente: en él, la corrupción, la mentira, la violencia, se han convertido, por decirlo así, en algo “natural”» Y así también desde este punto la pregunta se traslada hacia el centro de esta gran paradoja: ¿Cómo responder al hombre que libre se manifiesta como el gran generador de rupturas? ¿Cómo responder a las exigencias e indicaciones del hombre, que desde su existencia dramática manifiesta esa libertad que supera todo cálculo, esa polaridad dentro de sí que revela el infinito misterio que es él mismo para sí? ¿Cuál es la clave hermenéutica para interpretar esa tensión que vive entre su grandeza y su pequeñez, entre su experimentarse como un monstruo miserable capaz de lo peor y al mismo tiempo como un ser casi divino capaz de lo más sublime, un rey desposeído –como bien describía Pascal-? La tensión interior hacia el infinito, que se estrella con la impotencia de su fragilidad, de sus pecados y límites; y finalmente con la muerte. ¿Ante todo esto cómo responderá la pura razón, la razón sin Dios?

“El sufrimiento es un misterio demasiado grande para pretender resolverlo en un discurso”

Aquí es donde para nosotros los católicos surge el punto culminante, ese que da el golpe de gracia, y que nos permite dar pie a una apologética que no se resuelve a través de “argumentos” o “explicaciones”, sino que se pro-pone como una presencia, como un evento o encuentro. No se trata de un “algo que demostrar”, sino de un “Alguien que mostrar”. Ya lo decía con profundidad profética el poeta francés Paul Claudel: «Dios no ha venido a suprimir el dolor, no ha venido a explicarlo, sino que ha venido para colmarlo de su presencia». He aquí la clave y la respuesta cristiana ante el misterio del mal.

Es el misterio que al entrar en contacto con el mundo nos da una nueva luz para descifrar el problema. «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn1,9). Una verdad que se da en el contacto, en la experiencia real y concreta del Amor de Dios que asume el cosmos desde adentro. «Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis» (Jn1,14). Cristo es la luz verdadera que viene al mundo en tinieblas y habitando entre nosotros, nos trae la presencia de Dios y le da un sentido redentor al sufrimiento.

La Luz de la vida entra en contacto con las tinieblas de nuestro mundo y las vence en una dinámica de misericordia, asumiéndolas en Él: «En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn1,4-5). Es en Cristo donde el Infinito se une con lo finito, donde el hombre puede ingresar en Dios para recibir una nueva modalidad de existencia, una nueva mirada, que desde el amor misericordioso es capaz de comprender y afrontar con esperanza la realidad del mal en todas sus dimensiones. Porque el Señor con su encarnación, muerte y resurrección ha hecho brillar su luz en medio de las tinieblas, ahora refulge su luz en cada una de las grietas de nuestro mundo. Todo ha sido colmado con su Amor. No hay sufrimiento o experiencia humanas que le sean ajenos. Todo puede hallar en Él un sentido porque Él ha superado los límites de este mundo, ha superado el tiempo y el espacio de nuestro siglo (incapaz de prometernos una auténtica justicia). Ahora que Dios ha transformado el tiempo en tiempo de salvación y así todo espacio puede entrar en contacto con lo eterno. De este modo se nos regala la verdadera posibilidad de una vida futura -esos cielos nuevos y esa tierra nueva- donde al fin de los tiempos la justicia alcanzará su plenitud.

La fe integral, que se manifiesta en el amor, es la llave de acceso para entender todo esto, pues nos lleva a la adhesión vital con el Señor. En Él y desde Él nuestra mirada se vuelve capaz de responder a la paradojalidad de nuestra existencia. La experiencia de este encuentro con Aquel que ha vencido la muerte y el pecado, es la que  nos permite afirmarse con autoridad y realista esperanza aquello que el Catecismo en su número 1040 afirma:

«Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6)».

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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