“El Estudiante”, una película que nos recuerda que somos siempre alumnos en la vida

¿Y qué lecciones de la vida podría aprender y enseñar un alumno universitario de 70 años?

A sus 70 años y ya retirado, Don Chano —Chano, a secas, para los amigos— decide seguir sus sueños y regresar a la universidad. Así empieza El Estudiante, una hermosa película mexicana que combina ternura, humor, profundidad y drama para ofrecer una mirada a los valores perennes de la vida, en especial a lo que significa el amor auténtico.

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Escena de la película.

Las diferencias entre las generaciones a veces parecen insalvables y hoy, particularmente, se teme y se olvida a los de edad más avanzada.

El recorrido de un casi anciano Chano por la universidad significará, tanto para él como para sus jóvenes amigos, descubrir aquello esencial que une generaciones y, al mismo tiempo, nos recordará que todos somos estudiantes en esta vida.

Para adentrarnos en el hilo conductor de la película quizás tengamos que recordar la figura de El Quijote, a quien en esta historia se hace constante referencia. Chano aparece como un moderno “caballero de la triste figura”, un personaje que ante sus compañeros de estudios —con cincuenta años menos— aparece como fuera de lugar, con valores de una época ya pasada.

“Pensamos que amar nos legitima a tener, y nos olvidamos que el amor es ceder. Darse”. Don Chano.

Lo miran con compasión ante la locura de regresar, a su edad, a la universidad, así como por su supuesta incapacidad para “entender” a los jóvenes de hoy. Chano, sin embargo, les enseñará que lo que vale la pena entender puede ser comprendido a cualquier edad, por un corazón que va a lo esencial.

Les enseñará también que a veces la más sana cordura tiene la apariencia de locura, sobre todo en un mundo anestesiado y absorto, por la búsqueda de placeres que nunca son capaces de darle savia a la vida. Con sus palabras, pero más aún con su ejemplo, transmitirá los valores con los que ha regido su vida, que permanecen siempre actuales, precisamente porque brotan de lo más auténtico de la existencia.

El Quijote es un clásico de la literatura mundial, y la palabra “clásico” viene a la mente joven quizás con el matiz de anticuado o desfasado. Lo clásico, como muestra la película, nada tiene que ver sin embargo con una mirada arcaica y ruinosa, sino más bien con lo permanente, con lo más profundo, con las experiencias más auténticas de nuestra humanidad.

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Escena de la película.

Entre ellas, El Estudiante destaca la experiencia del amor. Encontramos acá una de las grandes lecciones que nos da la película, y quizás una de las más contraculturales para nuestro tiempo. El amor entre un hombre y una mujer se nos muestra como lleno de respeto, pureza y nobleza.

“El pudor —nos dice el protagonista— es la elegancia de la belleza”. El auténtico amor sabe respetar y esperar, y sabe trascender las apariencias e inmediateces precisamente porque apunta a lo más valioso. “Somos centinelas de su belleza y no explotadores de sus placeres —les explicará a sus jóvenes compañeros hablándoles de las mujeres—. Hay que cuidarlas, quererlas, respetarlas, y créanme, salimos ganando. Y créanme, por favor recuerden al Quijote, el amor antojadizo solo busca placeres no busca cualidades. Las cualidades permanecen, mientras que las hermosuras perecen”.

Esa mirada del amor no se busca en primer lugar a sí mismo, ni está llena de afanes egoístas. Es, como dirá Chano, “hacer lo que tengamos que hacer para ser dignos del ser amado”. La mirada se alza hacia el otro, muy lejos de cualquier egocentrismo.

Las grandes obras, como El Quijote, “están llenas de sabiduría de vida, pero para encontrarla hay que hacerla nuestra y para entenderla, hay que compartirla. Decirla, no solo leerla; explicarla, no solo escribirla”, dirá el protagonista, invitando a sus jóvenes amigos a vivir con autenticidad, a ser libres, a gozar de verdad la vida, no como lo hace el mundo, sino con nobleza, con fidelidad, lealtad y, sobre todo, con amor. Las palabras de Chano irán calando hondo en sus compañeros, que van descubriendo que la madurez en la vida exige una mirada más amplia y, sobre todo, entrega.

“Pensamos —nos dice el sabio estudiante— que amar es tener derechos, pero la ironía del amor es que se funda en renuncias. Pensamos que amar nos legitima a tener, y nos olvidamos que el amor es ceder. Darse”.

Chano lo expresará de varias maneras en la hermosa relación con su esposa, donde la fidelidad madurada a lo largo de los años manifiesta un amor siempre joven y cada vez más bello y atractivo. El testimonio de su matrimonio será también aliciente para que quienes los rodean vayan aprendiendo a exprimirle lo más auténtico a la existencia, lo que no se aprende en ningún libro ni enseña ninguna universidad.

“Dar vida es la entrega que más vale la pena vivir, y sufrir”, nos dirá Chano, que también es frágil y debe aprender una última lección, que no es otra que experimentar la profunda relación entre el amor y el sufrimiento. Serán entonces sus jóvenes amigos quienes salgan a su encuentro para sostenerlo y ayudarlo en uno de los momentos más difíciles de su vida. Un momento que, como reconoce en profunda oración ante el Señor, “no estaba en el libreto”.

Hay gran elocuencia en El Estudiante, cuando nos recuerda que somos eternos alumnos, y cuando nos señala que más aprendemos cuando más damos. No hay mejor maestro que el estudiante —más aún del que sabe que hay aspectos de la vida que nunca seremos capaces de dominar— ni mejor estudiante que quien da testimonio con su vida de lo aprendido.

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Escena de la película.

En los momentos finales de la película, al recibir en medio del dolor el apoyo de sus jóvenes compañeros, así como el esperanzador signo de su aprecio y cariño, percibimos en Don Chano —Chano para los amigos— el ciclo completo de la vida.

No solo porque él parece haber recorrido todas las etapas —faltando solo la última y definitiva que no será sino prolongación de lo que ha sembrado— sino también porque en esa profunda unidad que vemos entre los niños, jóvenes, adultos y ancianos de esta película, vislumbramos que las personas no somos individuos aislados, sino llamados a darnos unos a otros con infinito respeto y amor, viviendo así una comunión con nuestros semejantes y, finalmente, con el Señor de la Vida.


Pueden ver la película completa en el siguiente enlace:

Kenneth Pierce

Kenneth Pierce tiene 35 años y estudió teología en Lima. Es autor de los libros El Cuarto de los regalos y La Escalera Espiritual de San Pedro


Kenneth Pierce

Kenneth Pierce tiene 35 años y estudió teología en Lima. Es autor de los libros El Cuarto de los regalos y La Escalera Espiritual de San Pedro

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