De la ley de la física a la ley del amor. La maravillosa historia del profesor Wright

Un maestro católico que a través de su propia experiencia de vida nos enseña a ver y juzgar el mundo con una mirada de esperanza.



Nuestras vidas pertenecen a esa extraña clase de historias en la que los personajes pueden ser al mismo tiempo protagonistas y narradores (algo así como sucede en esos cuentos de Unamuno).

A cada uno de nosotros nos toca interpretar el mundo de una cierta manera y encontrarle un sentido. Un sentido desde el cual debemos narrar nuestra historia (personal y global). Cada suceso, cada experiencia –sea positiva o negativa- tiene una potencial interpretación, y ante cada potencial interpretación estamos obligados a dar una respuesta. No hay escapatoria, pues incluso negar una posible interpretación es tomar una posición al respecto.


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Y existen dos modos fundamentales para interpretar el mundo: uno es a través del “cómo” -cómo ocurren las cosas-  tarea que le compete usualmente a las ciencias “duras” y el otro es a través del “porqué” -porqué ocurren las cosas- tarea de la que se encargan normalmente las religiones y/o  la filosofía. Encontrar el equilibrio entre estos dos polos nunca es fácil, porque están estrechamente vinculados, de tal manera que siempre uno repercute en el otro. Sin embargo, -y no se me malinterprete cuando digo esto- suelen ser quienes abusan más del “cómo” que del “porqué” los que normalmente acaban por arruinar la historia; pues, reduciendo y achatando la realidad hasta desvincularla de su misterio, llegan a hacer de la vida un monolito asfixiante e incomprensible. De esta manera, quitándole a la vida todo su encanto y misterio, acaban por construir una triste interpretación mecánica y horizontal del mundo, que al máximo da para escribir un pobre drama, o una inexorable tragedia, o una angustiante utopía negativa. Este es precisamente el  gran riesgo que corre quien tiene una mirada demasiado científica sobre la vida: acabar por interpretar el mundo -incluso sus “porqués”- desde la perspectiva meramente mecánica del “cómo”, y desde ella construir un mundo mecánico, que acabará siendo el epitafio de una triste historia mecánica.


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La penoso de esta mirada de la realidad es que, además de ser insoportable para el amante del misterio, carece de razones suficientes incluso para el científico racionalista, que casi todo el tiempo se enfrenta a un mundo demasiado paradójico y complejo; uno que excede siempre la dimensión de lo calculable. En la práctica, lo sabemos por experiencia, el mundo es mucho más “real-maravilloso” que “mecánico”. El mundo en el que vivimos parece comportarse más como los átomos -de manera indeterminada- que como los cuerpos. Los hechos cotidianos de nuestro mundo, incluso los más rutinarios, tienen más sabor a milagro que a evidente racionabilidad. Especialmente los hechos humanos, que se mueven en coordenadas de libertad y nunca se dejan aferrar del todo. O en otras palabras, cuando el hombre de ciencias descubre que su hijo que ama no mecánicamente ha venido al mundo con una enfermedad trágica e incurable, o un chica le cuenta a ese mismo hombre que su papá la maltrata, u otra le confiesa que ha abortado… el “cómo” se presenta más como una respuesta burda, insuficiente, o incluso burlesca, que como una interpretación seria, acabada y sensata del problema. Ante el sufrimiento, ante el mal, ante la injusticia… ¿qué decir?


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Por eso el testimonio de nuestro físico (el del video) es tan esperanzador, porque nos enseña que hay otro camino, otra mirada desde la cual interpretar los hechos. Una mirada abierta a la maravilla y al misterio de la vida, y que por ello es capaz de arrostrar incluso lo terrible.  Esa que supera con creces las leyes de la física, y que nos permite descubrir como detrás de cada “cómo”, hay potente y misterioso “porqué”. Un “porqué” que puede darle sentido tanto a lo más comprensible del mundo, como a lo incompresible y paradójico; especialmente allí donde el “cómo” no nos da una posibilidad real de escribir un final feliz. Es como aquella experiencia que describía poéticamente Chesterton en su libro Ortodoxia cuando decía: 

«Primero encontré al mundo mo­derno hablando de fatalismo cientí­fico; decían que cada cosa es como hubo de haber sido siempre, por ser conformada sin error, desde el prin­cipio. La hoja del árbol es verde porque nunca pudo ser de otro color. El filósofo de los cuentos de hadas, en cambio, se alegra de que la hoja sea verde, porque pudo haber sido escarlata. Siente como si se hubiera vuelto verde un instante antes de mirarla. Está satisfecho de que la nieve sea blanca, en el sentido estrictamente razona­ble de que pudo haber sido negra. Cada color tiene en sí una cualidad inconfundible y valerosa; cómo si fuera el producto de una elección».

G.K. Chesterton

Esta es la auténtica experiencia de quien descubre que, detrás de este universo aparentemente mecánico y rutinario, ese que parece avanzar lleno de alegrías y belleza, de sufrimientos y tantos males, sin razón alguna, en realidad se esconden un sinnúmero de sutiles y finos hilos que entretejen silenciosamente una gran historia de amor, movidos por una sabiduría más grande que nuestros limitados razonamientos y que conduce todo hacia un gran final. Un “porqué” en  el vivimos, nos movemos y existimos (Hech 17, 28); donde las fuerzas se rigen por otras leyes: las leyes del amor.

Esta es la experiencia que ha tenido nuestro físico ante la enfermedad de su hijo y ante la historia de cada uno de los chicos del colegio en el que trabaja, y que le ha permitido narrarnos (y narrarles a cada uno de ellos) una maravillosa historia de amor; a pesar de que por muchos versos tenía más bien tintes de insuperable tragedia.

Esta es en fin, la mirada y la interpretación que estamos invitados a buscar y a cultivar, esa que nos permitirá afrontar nuestras historias personales desde otra perspectiva; desde la cual podremos escribir y testimoniar con nuestras vidas que existe un amor que es más fuerte que todo el mal del mundo; uno que tiene la fuerza de escribir derecho con líneas torcidas. Ese mismo amor que llevó a Dante en su último canto a decir con aires de experiencia mística «quell’amor che muove il sole e le altre stelle» (aquel amor que mueve el sol y las demás estrellas). Paradiso XXXIII,145.

 

 

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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