¿Qué se necesita para hablar con convicción?



“Convicción” deriva del verbo convencer y este a su vez encuentra su origen en la  unión del prefijo “con” más el verbo “vencer” (conquistar), lo que nos da como resultado algo cercano a “conquistar (persuadir) con firmeza”. En este caso se trata de un persuadir al oyente no tanto a través de artimañas retóricas o grandilocuentes discursos (como hacían los sofistas griegos), cuanto por la profunda determinación que brota de la convicción interior de quien habla (como hicieron los apóstoles).

Una cosa obviamente no se opone a la otra. Me explico. No esta mal hablar con convicción y  además utilizar ciertas técnicas oratorias para mejorar la efectividad de nuestro discurso. Esto es algo bueno, pues nos ayuda a transmitir mejor lo que llevamos dentro. El conferencista de nuestro video es un buen ejemplo de ello, y también lo son tantos apóstoles, como por ejemplo San Pablo, o algunos siglos después el gran San Agustín que dominaron en modo excepcional el arte de la retórica.


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Sin embargo, como denota el video, en nuestra época donde la cultura ha ido progresivamente desprestigiando los mensajes y verdades fuertes (o a quien dice de creer y profesarlas), promoviendo el relativismo, la total tolerancia, y el pensamiento débil (no existe una verdad fuerte y única, sino muchas perspectivas y verdades, y todas deben ser respetadas por igual), es una gran tentación caer en el juego del mundo y comenzar a pensar que lo más importante para revertir la situación, es entrenarse y aprender una serie de técnicas de marketing para poder llegar a convencer a más y más personas. Pero este es un error garrafal, pues al menos para nosotros (católicos), la fuerza de nuestro mensaje, de nuestra convicción, la “densidad” y la “potencia” de la buena noticia que proclamamos no proviene, ni adquiere su eficacia fundametalmente gracias a nuestro arte de predicar, sino que radica en la capacidad que tenemos de transmitir el amor de Aquel que nos amó primero.


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San Pedro, es un buen ejemplo de ello: un pobre pescador iletrado que conquistó la Roma imperial, no por la elocuencia de su predicación, mas por la fuerza del amor de Cristo que lo llevó además hasta el extremo del martirio, lo que dicho sea de paso hizo que su mensaje tuviese una contundencia capaz de convertir a miles. En otras palabras, el católico porta un mensaje, cuya eficacia es directamente proporcional a la vivencia profunda del amor del maestro que se lo ha confiado, porque en nuestro caso el Mensaje y el Maestro son una y la misma cosa (la Palabra se hizo carne y vino a habitar en medio de nosotros). El cristianismo en resumidas cuentas, no anuncia una filosofía de vida, o una sabiduría oculta…no, el cristianismo anuncia a Alguien… anuncia el Amor de ese alguien que nos ha mandado al mundo. Por ello es tan importante experimentar, permanecer y vivir ese amor (“el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” Jn 15,4-5). Se trata de un movimiento que mientras más centrípeto es, paradojalmente más se expande hacia afuera centrífugamente (y no al revés).


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Tal vez todo se podría resumir en la frase del Señor: «De lo que sobreabunda el corazón habla la boca» (Mt 12,34). El auténtico apostolado no se funda en los medios externos, sino en el corazón que arde primero en el amor al Señor Jesús. Solo desde este corazón sobreabundante puede brotar algo más que un seductor discurso. Solo de este corazón pueden brotar esas palabras que portan vida eterna. Ante las palabras tan vacías de nuestro tiempo (la manipulación del lenguaje y la gran tegiversación mediatica), a las cuales bien sabemos se las lleva el viento, es necesario volver a traer la Palabra, esa que no pasa, esa que permanece, esa que transforma la vida en vida nueva (personas vivas….los santos), vida que dura eternamente. O como diría San Alberto Hurtado: «la gran revolución no será posible sino cuando hayamos efectuado cada uno de nosotros mismos la pequeña revolución, la revolución de nuestra vida orientándola totalmente hacia Cristo. No nos engañemos en esto, porque el engaño sería el más grave de los engaños. Queremos incendiar; tenemos antes que nada incendiarnos nosotros mismos; queremos iluminar, tenemos antes que nada que ser luz; queremos dar sentido cristiano a la vida y cómo lo daremos si no lo tenemos nosotros mismos? El mundo está cansado de discursos, quiere hechos, quiere obras, quiere ver a los cristianos que encarnan como Cristo la verdad en su vida, quiere que podamos decirles cada uno de nosotros, aprendan de mí… ejemplo les he dado»  (El llamado del Rey).

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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