Para vencer la tristeza y el miedo

Promover la cutlura del encuentro



Los hombres no son Islas, decía con mucha razón Thomas Merton en su libro del mismo nombre. Esto es lo que nos recuerda el video de hoy: los hombres no son islas, porque somos seres para el encuentro. Necesitamos abrirnos y compartir nuestro interior. La apertura a los demás no algo accidental (no es un “optional”), sino que por el contrario constituye una parte esencial nuestro ser, y por lo mismo atañe directamente a nuestra felicidad. El encuentro, el compartir, el crear lazos… con los demás, nos caracteriza y hace parte de nuestro deseo más profundo. Nuestro corazón nos impele desde lo más hondo a buscar permanecer y a desplegarnos en el amor. La dimensión psicológica de sabernos  amados y conocidos por alguien nos lleva a experimentar esa seguridad y esa valoración que en el fondo tanto anhelamos. El video de hoy lo denota con ingenio a través del cambio que se genera en las protagonistas cuando se encuentran y comparten (cortan e intercambian) sus experiencias negativas.  En ese momento de encuentro, de apertura sincera al otro, de comparitir y comunicar sus existencias, es que sus miedos más profundos son superados (cambio de fearful a fearless=sin miedo), porque experimentan la seguridad de saber que el amor del otro los abraza y protege en esa situación, y también sus tristezas desaparecen (cambio de joyless a joyful=alegre), porque el amor que brota de su corazón al compartir con el otro los despliega, llenándolos de alegría.



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Es en esta dinámica de permanencia y despliegue en el amor que nos vamos realizando auténticamente como personas, experimentándonos cada vez más seguros y valiosos, en la medida que más amamos y nos dejamos amar por los demás. Solo así es que podemos alcanzar la verdadera felicidad. Por eso “la felicidad es compartir”.

Es urgente, pues, luchar y contribuir a generar una verdadera cultura del encuentro, del compartir, de la reconciliación. Como nos recordaba el Papa Francisco, «necesitamos saber encontrarnos. Necesitamos edificar, crear, construir, una cultura del encuentro. Tantos desencuentros, líos en la familia, ¡siempre! Líos en el barrio, líos en el trabajo, líos en todos lados. Y los desencuentros no ayudan. La cultura del encuentro. Salir a encontrarnos. Y el lema dice, encontrarnos con los más necesitados, es decir, con aquellos que necesitan más que yo. Con aquellos que están pasando un mal momento, peor que el que estoy pasando yo. Siempre hay alguien que la pasa peor, ¿eh? ¡Siempre! Siempre hay alguien». (ví­deomensaje a los fieles reunidos en el santuario de san Cayetano en Buenos Aires)


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¡Pongámonos en marcha y llevemos a la practica esta invitaicón que nos hace el Papa! (y también el video de hoy). ¡Salgamos y comencemos a construir encuentros más profundos con los demás!, que son además requisito imprescindible para el encuentro con Dios “Pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn4,20-21). De esta manera cultivamos también el terreno donde podrá florecer la reconciliación. Es cierto que no es una tarea facil, sin embargo, podemos ir avanzando poco a poco, creando o recuperando vínculos de amistad. Día a día, paso a paso, se pueden ir conquistando esos lazos. A veces bastan pequeños gestos y simples detalles. Hay que tener paciencia y ser constantes eso si, como nos lo enseñó tan elocuentemente el zorro cuando le dijo al principito: «solo se conocen las cosas que se domestican. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada.  Compran cosas hechas a los mercaderes.  Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos». (Antoine de Saint‑Exupéry, El Principito )


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La verdadera amistad – como decía C.S Lewis- es el menos celoso de los amores. «Dos amigos se sienten felices cuando se les une un tercero, y tres cuando se les une un cuarto, siempre que el recién llegado esté cualificado para ser un verdadero amigo. Pueden entonces decir, como dicen las ánimas benditas en el Dante, “Aquí llega uno que aumentará nuestro amor”; porque en este amor “compartir no es quitar”. Por supuesto que la escasez de almas afines —por no hacer consideraciones prácticas sobre el tamaño de las habitaciones y su acústica— pone límites a la ampliación del círculo; pero dentro de esos límites poseemos a cada amigo no menos sino más a medida que crece el número de aquellos con quienes lo compartimos. En esto la amistad encuentra una gloriosa “aproximación por semejanza” al Cielo, donde la misma multitud de los bienaventurados (que ningún hombre puede contar) aumenta el goce que cada uno tiene de Dios; porque al verle cada alma a su manera comunica, sin duda, esa visión suya, única, a todo el resto de los bienaventurados. Por eso dice un autor antiguo que los serafines, en la visión de Isaías, se están gritando unos a otros, “Santo, Santo, Santo” (Isaías 6,3). Así mientras más compartamos el Pan del Cielo entre nosotros, más tendremos de Él».  (Los cuatro amores, C.S Lewis)

¿No experimenta todo ser humano desde que es pequeño ese impulso interior de querer encontrar amigos auténticos con quienes compartir su vida? Así, en esa búsqueda todo hombre no busca sino responder al profundo anhelo de encuentro, de comunión, de felicidad, aun cuando a veces haya experimentado heridas profundas y grandes desilusiones. A pesar de todo, no dejamos de anhelar siempre un encuentro auténtico, porque en el fondo sabemos que es posible encontrar ese amigo de verdad, ese que es fiel, y que como dice la Biblia «es seguro refugio… el que le encuentra, ha encontrado un tesoro».

Sobre esto es necesario recordar que el amigo fiel por antonomasia es el Señor Jesús. Él es el gran amigo que nunca falla y que a su vez se convierte en el modelo de toda amistad auténtica. Su amistad es la fuente de donde brota ese anhelo de amar que no se marchita, a pesar de tantas dificultades, por lo frágiles que son las relaciones humanas. Gracias a la amistad del Señor es que aprendemos a ser constantes, tanto en la alegría como en el dolor, en las buenas y en las malas; en fin aprendemos lo que significa una amistad incondicional. En su Corazón la amistad vivida madura, crece, se consolida, se hace más profunda, fiel y consistente. Por ello podemos afirmar que no hay mejor amistad que la que nos exige ser santos, ni habrá amistad más excelente que la que se da entre los santos.

Pero el Señor Jesús no sólo nos enseña cómo debe ser la amistad entre nosotros, sino que incluso se constituye Él mismo en fundamento sólido de toda amistad. La amistad, para ser auténticamente humana, requiere siempre que el Señor Jesús esté en medio de nosotros. Es necesario tener a Cristo como principio de comunión porque solo en Cristo la persona puede alcanzar su plena madurez humana, sólo en Él por lo mismo la amistad humana puede alcanzar su plenitud.

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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