“Muéstrame tu amor sin obras, que yo por mis obras te mostrare mi amor”

El amor verdadero implica sacrificio.



Creo que en el fondo este video –aunque parezca un poco osado decirlo– nos interpela al amor sobreabundante. Ese amor que define la grandeza y la prioridad de las decisiones que tomamos en nuestra vida. Ese amor grande que se desborda, que sobreabunda, que se refleja y concretiza en gestos de tal magnitud. Este amor, que es siempre una epifanía, una expansión “hacia” el otro, no puede contenerse o esconderse. Ya sea a través de emotivas palabras o gestos -como un abrazo o jugar un partido en silla de ruedas-, ya sea estando ahí para el otro -incluso en profundo silencio-, de una u otra manera, este amor se abre paso y se deja ver. Cuando por el contrario no es así, vale la frase (parafraseada) del apóstol: “Muéstrame tu amor sin obras, que yo por mis obras te mostrare mi amor” (cf. St 2,18).

El amor no es un mero sentimiento privado (aunque los implica) o una idea abstracta. El amor auténtico -ese que conmueve hasta las lágrimas- es sacrificio real, concreto, encarnado hacia los demás; capaz de llevarnos incluso a dar la vida por el amigo si es necesario. Con cuanta razón decía el Señor: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn15,13). Y nos demostró con su propia vida que no hablaba en sentido figurado. Sí, no hay amor más sincero que aquel que brota de grandes renuncias por el amigo, esas que son garantía de un dar libre, de un corazón abierto, de un amar sin medidas, sin cálculos, de un donarse que no espera nada a cambio. A mi parecer, el amor que manifiestan los amigos de este video conmueve tanto precisamente por eso, porque va en esa línea.


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Ahora bien, sobre la frase final: “Las decisiones que tomamos revelan la verdadera naturaleza de nuestro carácter”. Me gustaría saber que entienden los autores con “revelan” y con “naturaleza de nuestro carácter”. Como no lo sé, y para no entrar en quisquillosas e intrincadas cuestiones filosóficas (o psicológicas), aprovecho para recordar que aun cuando nuestras acciones (nuestras decisiones) ciertamente nos marcan, hasta el punto de incidir profunda –e incluso irreversiblemente– en nuestra vida, estas jamás podrán cambiar nuestro “ser”, nuestra naturaleza, nuestra identidad más profunda, ni tampoco nuestro carácter. Somos libres para ser más nosotros mismos o menos (hasta limites inauditos) a través de ellos.  Las decisiones que tomamos pueden disponernos mejor para acoger el amor de Dios, el cual es capaz  de transformar nuestra naturaleza (como dice San Pedro) en “naturaleza divina” (por unión y participación al Cuerpo de Cristo), y  de permitirnos amar profundamente desde nuestro carácter particular. Esto, que además es fruto de la gracia, es un cambio que perfecciona la naturaleza misma y no un cambio que la hace ser distinta, como si fuera un sobreañadido o algo  ajeno. Por otra parte, aun cuando es verdad que si no se vive como se piensa, se termina pensando como se vive; ni el pensar ni el vivir de una determinada manera pueden modificar lo que somos (como Dios nos ha creado). Esto lo digo, aunque  suene a cosa obvia, porque en nuestro tiempo, tan fascinado por el poder y el alcance del “hacer”, es importante recordar la prioridad del “ser”.

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Hoy es muy fácil pensar que lo que “hacemos” constituye lo que somos, o que con la técnica podemos construir  la identidad que queramos. Tanto lo uno como lo otro son errores garrafales. En realidad la formulación correcta debería ser que a partir de lo que somos, podemos –y debemos– ser cada vez más nosotros mismos y luchar para que nuestras acciones y nuestro desarrollo técnico sean coherentes con ello. De lo contrario caeremos en una progresiva alienación, que, aun  sin jamás cambiar nuestra naturaleza, la puede llevar hasta los límites de la contradicción consigo misma, hasta finalmente destruirla. Así, sin poder cancelar nuestra identidad, la podemos oscurecer gravemente. Por ello urge acoger el mensaje de este video y tomar decisiones correctas que nos lleven a “definir más nuestra naturaleza hecha para el amor”. Ya lo decía con precisión esa vieja máxima filosófica: “el obrar sigue al ser”, es decir, tenemos que apuntar a que aquellas acciones que son fruto coherente de lo que somos, que brotan de nuestro ser más auténtico, nuestro “ser para el amor”, sigan siempre siéndolo más.

A esto nos invita el video de hoy, a tomar decisiones que lleven a plasmar concretamente el amor en nuestras vidas. Porque somos “seres para el encuentro”, “seres en y para la relación”. El amor debe ser el fundamento de nuestras opciones cotidianas: El amor hacia nuestros padres, hacia nuestros hermanos, hacia nuestros amigos, e incluso hacia nuestros enemigos. Ese amor que no es un deber, sino que nace espontáneamente en nosotros al sabernos también amados. Y si no nos brota así, quiere decir que aun tenemos que luchar por abrirnos al amor, por dejarnos tocar por el amor de los demás, y en especial por el amor infinito e incondicional de Dios, que es la fuente siempre disponible de todo amor (esa es la clave). De esta manera podremos descubrir y experimentar qué significa que Dios es Amor y transmitirlo a los demás.

Texto para meditar

El entonces Cardenal Ratzinger, reflexionando sobre el tema del amor sobreabundante en su libro Introducción al Cristianismo, decía que:

«Quien no es todavía cristiano calcula lo que debe hacer, y en sus artimañas casuísticas aparece con las manos limpias. Quien calcula dónde termina el deber y cómo se pueden prestar servicios excedentes mediante un opus supererogatorium, no es cristiano, sino fariseo. Ser cristiano no significa aceptar una determinada serie de deberes, ni tampoco superar los límites de seguridad de la obligación para ser extraordinariamente perfecto; cristiano es más bien quien sabe que sólo y siempre vive del don recibido; por eso la justicia sólo puede consistir en ser donante, como el mendigo que, agradecido por lo que le han dado, lo reparte benévolamente […]Es absurdo para las personas calculadoras el que Dios deba prodigarse al hombre. Sólo el amante puede comprender lo absurdo del amor; la ley del amor es la entrega, lo suficiente es lo abundante; si es cierto que la creación vive de lo abundante, si el hombre es un ser para quien lo abundante es lo necesario, ¿nos extrañará de que la revelación sea lo abundante y, por eso, lo necesario, lo divino, el amor en el que se realiza el sentido del universo?” La abundancia es también el auténtico fundamento y forma de la historia de la salvación que, a fin de cuentas, no es sino el acontecimiento por el que Dios, en su libera-lidad incomprensible, no sólo da el universo, sino que se da a sí mismo para salvar a un grano de arena, al hombre. Repitámoslo: la abundancia es la más adecuada definición de la historia de la salvación».

Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno, tiene 28 años y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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