Los milagros que realiza la oración: la historia de Antonia Cabrera

¡Ay, cuánto cuesta a veces creerle a la oración! En medio de nuestro tiempo tan horizontal, tan materialista, tan eficientista, tan controlador. Pero cuando ocurren los milagros…. aaaa, entonces todo cambia. Uno se emociona. Es como despertar de un sueño. ÉL existe. Él es más grande, más cierto, más real que todo lo que veo, toco, mido… Más que los pronósticos médicos, más que los cálculos humanos, más que las posibilidades de la razón… La razón no es todo, no puede abarcarlo todo. Todo. La razón no tiene la última palabra sobre todo. Estamos en contacto constante con el Infinito, y necesitamos sacudirnos para notarlo, para no darlo todo por descontado, para no olvidar. Dios se manifiesta siempre, la mayoría de veces en modo sutil (requiere un esfuerzo encontrar su sintonía), pero otras tantas de modo estrepitoso. Esto es el milagro: una manifestación portentosa, estrepitosa del Misterio. Y nos conmueve, como nos conmueve el  video de hoy. Ante esto muchos se escandalizan. Ante lo incomprensible buscan racionalizar el milagro, dando explicaciones horizontales. Otros en cambio nos renovamos profundamente confirmando nuestra fe ¿Y cómo no hacerlo? Sí, y cuanto… Porque cuando se miran los hechos con los ojos de la fe, ¡cuánto cambia la vida! Es la misma Antonia a enseñárnoslo con su ejemplo, cuando dice todo lo que le pasó no fue sino un milagro, obra de la gracia, concedida a través de la oración (intercesión) de tantos. Esto nos recuerda hoy.

Sin embargo, el despertar puede durar poco. Y otra vez las ideas de nuestro tiempo prevalecen: “No vale la pena”, “Dios no te escucha” “Es pura coincidencia”  “Existen otras razones” “Todo el mundo sabe que es imposible” etc.  Te olvidas. Dicen que uno de los males que más promueve el demonio es el olvido. Olvidas lo que has apenas visto. Olvidas que Dios es real, que esta presente y obra en tu vida. Olvidas la grandeza de Dios y la fuerza que tiene la oración. Y desconfías. Dejas de rezar, dejas de buscarlo. ¿No era acaso eso lo que le pasaba a cada rato a Israel, y después también a los discípulos? Olvidar, desconfiar, y… sí, y de que manera… Pero el Señor siguió haciendo milagros, para ayudarlos, para fortalecer su fe, porque sabía que eran frágiles (como nosotros). Por eso el Señor nos regala hoy tantos milagros, como este.

Vale la pena difundir este testimonio. Porque es un milagro que nos abre al misterio, y que desenmascara la falsa pretensión de nuestro tiempo, que busca reducir todo a lo meramente natural… como si lo sobrenatural fuese algo ficticio, o al máximo algo añadido, externo, para algunos. Cuando en realidad es todo lo contrario. Estamos en contacto constante con lo sobrenatural, con la gracia, con Dios. Hacen parte de nuestro cotidiano. Somos abiertos a Dios, somos capaces de Dios… somos seres constitutivamente en tensión hacia el infinito. Por eso es que podemos hablarle, y Él nos escucha. Sí, sin duda alguna Dios escucha nuestra oración. Cuando se llora desde los más profundo, con sinceridad, como se le habla a un amigo íntimo, Dios escucha. Y si se hace en grupo mejor. Mientras más gente mejor. Ya lo dijo Él mismo «donde dos o tres se reúnen en mi nombre,allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18,20). La oración en comunión genera un diálogo aún más vital, más profundo. Porque somos Iglesia, un solo cuerpo. Esto también se ve reflejado en las redes sociales. 

Dos o tres, o mil. Todos juntos rezando, trabajando, haciendo apostolado. Esto es lo que han conseguido hacer nuestros amigos de Mayfeelings en su página para rezar por los demás. Y por supuesto, ahí esta Jesús, en medio de ellos, en medio de nosotros. El video de hoy es una demostración fehaciente de lo que venimos dicendo. Las redes sociales que nos ayudan a conectarnos, como un gran cuerpo. Y ahí están los frutos. Dos, tres o mil, quién sabe cuantos han rezado por Antonia. Eran muchos de hecho… gracias a ellos el Señor ha estado en medio de nosotros, y lo hemos visto obrar cosas grandes, y estamos alegres. Volvamos, pues, a ensanchar el espíritu. Démonos un tiempo para rezar más, pongámonos también de nuestra parte, porque como nos recuerda Antonia, por un lado esta la gracia, sí, el milagro, pero también se requiere de nuestra cooperación. Cuando nos pidan 10 pasos, demos 11. No es acaso, lo mismo que decía el Señor en el Evangelio. Volvamos a rezar, entremos en contacto… recemos juntos, para  agradecer por tantos dones recibidos, como este, por Antonia, y para seguir pidiendo, porque son muchos los que todavía necesitan de nuestra oración.

Textos para meditar

«”Signos” de la omnipotencia divina y del poder salvífico del Hijo del hombre, los milagros de Cristo –narrados en los Evangelios– son también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad. Son, pues, “signos” del amor misericordioso proclamado en el Antiguo y Nuevo Testamento (cfr. Encíclica Dives in misericordia). Especialmente, la lectura del Evangelio nos hace comprender y casi “sentir” que los milagros de Jesús tienen su fuente en el corazón amoroso y misericordioso de Dios que vive y vibra en su mismo corazón humano. Jesús los realiza para superar toda clase de mal existente en el mundo: el mal físico, el mal moral, es decir, el pecado, y, finalmente, a aquél que es “padre del pecado” en la historia del hombre: a Satanás.

Los milagros, por tanto, son “para el hombre”. Son obras de Jesús que, en armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen el bien allí donde se anida el mal, causa de desorden y desconcierto. Quienes los reciben, quienes los presencian se dan cuenta de este hecho, de tal modo que, según San Marcos, “…sobremanera se admiraban, diciendo: «’Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar»!” (Mc 7, 37: 2).

Si se acepta la narración evangélica de los milagros de Jesús —y no hay motivos para no aceptarla, salvo el prejuicio contra lo sobrenatural—, no se puede poner en duda una lógica única, que une todos estos “signos” y los hace emanar de la economía salvífica de Dios: estas señales sirven para la revelación de su amor hacia nosotros, de ese amor misericordioso que con el bien vence al mal, cómo demuestra la misma presencia y acción de Jesucristo en el mundo. En cuanto que están insertos en esta economía, los “milagros y señales” son objeto de nuestra fe en el plan de salvación de Dios y en el misterio de la redención realizada por Cristo.» (Audiencia general de SS Juan Pablo II el 9 de diciembre, de 1987)

Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.


Daniel Prieto

Es chileno y se prepara para ser sacerdote. Actualmente estudia teología en la universidad Gregoriana de Roma.

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