Película de reflexión para la Semana Santa: Les Miserables (2012). La Cruz como camino de Salvación.

Catholic-link.com – A lo largo de los años se han realizado muchísimas adaptaciones de la monumental obra de Víctor Hugo Los Miserables. Estas incluyen una adaptación musical presentada originalmente en 1980 en Francia y luego traducida a varias lenguas. La cinta que comentamos, dirigida por Tom Hooper y protagonizada por renombrados actores como Hugh Jackman, Russell Crowe y Anne Hathaway, entre otros, es una versión del musical en inglés llevada a la pantalla grande. Para quienes conocen el musical, Los Miserables ofrece una ocasión única de visualizar lo que la letra y la música han logrado ya transmitir con fuerza inusitada.

Difícil resumir o destacar los aspectos más importantes o interesantes de la película. En ella, en realidad, se muestra lo mejor y lo peor de la humanidad, con muchas de sus complejidades, anhelos, alegrías, fracasos y dolores. Lo épico se entremezcla con el sinsentido, el amor va de la mano del dolor, la felicidad con el desprendimiento, y el camino que separa la felicidad de la amargura y la desesperación es a veces una sutil línea donde las intenciones y el uso correcto o equivocado de la libertad deciden batallas de alcance insospechado.

Ya desde el inicio, cuando escuchamos las primeras notas y se nos retrata la miserable condición de los prisioneros, percibimos mucho del dolor y la injusticia que existe en el mundo. Condenado por robar un mendrugo de pan, Valjean pasará largos años en prisión, endurecido y amargado por una existencia que nunca pareció ofrecerle un lado amable. Ya desde esta primera escena también, cuando lo vemos cargar un enorme madero bajo la dura mirada de su perseguidor ­–Javert­– percibimos que constantes cruces marcarán su vida.

 El amor y la misericordia, sin embargo, triunfan sobre el juicio, y también sobre el alma humana. La inesperada caridad del Obispo penetra en la dureza del corazón de Valjean y lo introduce en una nueva visión de sí mismo. La misericordia, sin embargo, no es ceguera, pues Dios, como decía un santo, nos promete el perdón pero no el mañana. Así se lo recordará el Obispo: «Recuerda, mi hermano / ve en esto un plan mayor, debes usar esta plata preciosa para ser un hombre honesto (…) Dios te ha elevado de la oscuridad / he comprado tu alma para Dios».

Este punto de inflexión marca un nuevo sendero para Valjean, y empieza una vida distinta bajo otro nombre. Será un alcalde generoso, siempre correcto, un administrador fiel. Sin embargo, vamos percibiendo que ello no es suficiente. Hay aquí, creo, uno de los aspectos más interesantes de la película. La vida de Valjean vuelve a cambiar, quizás no tanto en dirección, pero sí en altura, cuando asume el cuidado de Cosette, una pequeña huérfana, absolutamente desconocida. Será entonces que viva una experiencia mucho más profunda de entrega y amor. El testimonio de caridad sembrado por el Obispo ha germinado en él, y su paternidad sobre la pequeña Cosette, que incluirá finalmente el desprendimiento, será cada vez más un amor reflejo del amor de Dios por sus hijos.

 A la sombra del recorrido de Valjean aparece siempre Javert, estricto y escrupuloso en su deber. No es una mala persona, pero su comprensión de justicia escapa toda posibilidad de cambio en el corazón humano. No hay lugar para la misericordia, ni siquiera para sí mismo, ni capacidad para ir más allá de la seguridad de las normas. Al final de su vida, como le dice Valjean, «habrás hecho tu deber, y nada más». ¡Qué lejos del auténtico amor que acompaña el kilómetro extra, que entrega la túnica, que ama al enemigo! La misma melodía que acompaña la crisis de Valjean y su conversión acompaña la crisis de Javert, que, sin embargo, desemboca en un trágico final. La gracia actúa clamando por la transformación interior, pero Dios se pone de rodillas ante la libertad del hombre.

Muchos otros personajes de la película ofrecen aspectos interesantes de resaltar. Entre ellos no podemos olvidar a Fantine, llena de sueños y deseosa de un amor puro, cuya vida sin embargo se fue introduciendo en los recovecos más dramáticos de la existencia humana. El amor por su hija brilla en medio de los desheredados de esta tierra, y le concede un sentido superior a su trágica vida. Destaca, de modo similar, la sufrida Eponine, capaz de morir por la persona que ama ­–Marius–, sacrificándose incluso para que él –que no la amará nunca– pueda reunirse con aquella a quien sí ama.

 Vale la pena mencionar a los jóvenes del café ABC. En ellos se percibe los grandes valores de la juventud, el deseo de cambio, el heroísmo, la capacidad para ponerse al servicio de un ideal, aunque este ideal pueda ser discutible y quizás un tanto horizontal. También, por otro lado, la inmadurez y la falta de experiencia, así como una tenacidad que se vuelve obcecación y los lleva a la tragedia.

 Se deben mencionar también a los Thénardier, cuyo papel cómico maquilla ligeramente en la película la bajeza y degradación con que son retratados en la novela. Los hombres somos también capaces de actos diametralmente opuestos a nuestra dignidad y la de quienes nos rodean, y podemos sumergirnos en el más abyecto egoísmo, hasta volvernos casi incapaces de vislumbrar la propia humanidad.

 La escena final de Los Miserables corona el mensaje profundamente cristiano que encierra esta película. La vida de Valjean, llena de cruces, ha estado también llena de amor. Los fantasmas de su pasado se han disipado, y el largo camino hacia la aceptación de sus grandezas y miserias, hacia el reconocimiento de su identidad y la experiencia auténtica de libertad –no la que da la ley, sino el amor– ha llegado a su fin. En su lecho de muerte se canta: «Recuerda la verdad que una vez fue dicha: amar a otra persona es ver el rostro de Dios». Lo conduce a la eternidad Fantine, y lo espera el Obispo, que lo abraza en el umbral de la Iglesia, no ya la terrena, sino la celestial, donde se ingresa a la plena comunión con Dios.

Vamos escuchando el coro que suena con fuerza, y hallamos a viejos conocidos ya fallecidos durante la película. Son los olvidados de la tierra, perdidos en el «valle de la noche», recordándonos que existe una llama que nunca se apaga, y que incluso la noche más oscura tarde o temprano se ilumina con la luz del sol. Entonces «vivirán de nuevo en libertad, en el jardín del Señor (…) la cadena se quebrará, y todos los hombres tendrán su recompensa». Hay un mañana mejor en Los Miserables, que invita no a ser ciegos ni ignorar las realidades terrenas, pero sí a iluminarlas con el destino definitivo del hombre –la vida eterna– y con las verdades que se desprenden de la Cruz y Resurrección de Cristo.

 La perspectiva cristiana que proyecta toda la película es inusualmente patente para una producción de este tipo, y es quizás incluso más notoria que en la misma obra de Víctor Hugo. Cruces y crucifijos aparecen por doquier, no solo como adornos, sino como claves de lectura de una película que parece haber tomado prestado el guión de las Bienaventuranzas del Evangelio. La cruz, entonces, aparece no como un aspecto masoquista y opresivo del cristianismo que a Hollywood parece gustarle tanto retratar, sino como camino de libertad y redención definitiva, paso necesario para el encuentro con el amor de Dios y luz que permite una comprensión más profunda de nuestro caminar cotidiano.

Kenneth Pierce

Kenneth Pierce tiene 35 años y estudió teología en Lima. Es autor de los libros El Cuarto de los regalos y La Escalera Espiritual de San Pedro


Kenneth Pierce

Kenneth Pierce tiene 35 años y estudió teología en Lima. Es autor de los libros El Cuarto de los regalos y La Escalera Espiritual de San Pedro

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