Reseña y ADVERTENCIA apostólica sobre el film “The Life of Pi” (2013)

Catholic-link.com - Life of Pi (Una aventura extraordinaria) es una película dirigida por Ang Lee, adaptada de la obra del mismo nombre escrita por Yann Martel en el año 2001. La cinta obtuvo en días pasados cuatro premios de la Academia, incluido el de Mejor Director, cosechando numerosos elogios de la crítica especializada. La película sigue bastante de cerca la novela de Martel, y buena parte de la trama gira en torno a la travesía de un joven indio ­–llamado Pi– luego de naufragar en el Pacífico. Compartirá la pequeña embarcación con una hiena, un chimpancé, una cebra y un tigre de Bengala. Como es previsible, la compañía se reducirá pronto al felino.

La cinta es visualmente espectacular, con un impresionante uso del 3D. La belleza y creatividad con la que se han plasmado algunas de las fantásticas escenas de la novela son cautivadoras. Dejando de lado, sin embargo, estos aspectos, y centrándonos en la trama, la historia ofrece elementos interesantes para el diálogo y la reflexión.

Hallamos una primera idea interesante en la brutal lección que el padre le ofrece al pequeño Pi cuando le hace observar la reacción del tigre –llamado Richard Parker– frente a un carnero. El tigre, hermoso e inspirador de confianza para el pequeño Pi, se convierte en una fiera que devora sin miramientos al pequeño animal. Será la misma lección que confirme Pi en los momentos finales de la película, cuando luego de la travesía juntos –experiencia que entre seres humanos generaría una fraterna camaradería–, Richard Parker se pierde en la jungla sin el más mínimo reparo. Lejos de la película proponer cualquier “humanización” de los animales, tan frecuente en nuestro tiempo (ver, por señalar un ejemplo, Caballo de guerra). La película comunica una profunda maravilla por la creación, pero lejos de confundirla con el hombre, que aparece como un ser único en medio del mundo.

Acerca de la experiencia humana la cinta destaca una dimensión fundamental, que nos introduce en un aspecto central de la historia. Pi aparece como una persona profundamente preocupada por lo religioso. Su búsqueda, incluso en contraposición del benevolente racionalismo expresado por su padre, lo lleva a abrazar tres religiones. No se pretende explorar qué propuesta religiosa es mejor, sino sencillamente dar atención a una dimensión innegable de la experiencia humana, que es la apertura que percibe a lo trascendente y, en última instancia, a Dios. Es precisamente en apertura a Dios que Pi encuentra fortaleza para enfrentar las dificultades que atraviesa. El naufragio, la pérdida de toda su familia, la supervivencia en una pequeña embarcación con un tigre hambriento como única compañía, terminan por probar la relación de Pi con Dios. Los obstáculos son ocasión de acercarse más a Él, y en medio de una tormenta espantosa, al borde de la muerte, Pi exclama un profundo reconocimiento de la grandeza de Dios.

No deja de ser cierto que todos nos encontramos, mientras dura nuestra vida, en una suerte de travesía o peregrinar. No siempre completamente solos, como Pi, pero sí como últimos y únicos responsables de nuestras acciones. Frente a las dificultades, en los momentos de duda o de crisis, el ejercicio de nuestra libertad, para bien o para mal, nos abre a Dios o nos cierra a su presencia. En este sentido, Life of Pi quiere ser una historia de esperanza y, en última instancia, de apertura a Dios.

A partir de esta última afirmación hay un aspecto de la película que invita a una reflexión ulterior y que no debe ser pasado por alto. Al inicio de la cinta un Pi adulto narra su fantástica aventura a un escritor, señalándole que su historia le hará creer en Dios. En un giro inesperado, ya en los minutos conclusivos, Pi ofrece una segunda versión de lo ocurrido, esta vez sin mención al tigre ni a otros animales, y llena de detalles crudos y brutales. Ambas historias dan igual cuenta de lo sucedido, y ninguna de las dos puede ser verificada. Frente a la pregunta “¿cual de las dos historias escoges?”, los interlocutores de Pi eligen la historia del tigre. “Y así es con Dios”, se apresura a resaltar Pi.

Este giro final, que aparece también en la novela, dificulta enormemente la comprensión de la historia. La religión no parece, entonces, ser otra cosa que una “preferencia por la mejor historia”, aquella llena de fantasía y símbolos atractivos. La segunda versión, la más cruda y descarnada, preferimos no verla, cuando curiosamente parecería ser la más descriptiva de la realidad que nos rodea. No deja de ser cierto que cada uno puede elegir la religión que encuentre mejor. Es, precisamente, un derecho fundamental el hacerlo. No es lo mismo, sin embargo, proponer una igualdad entre cada opción, y que da lo mismo seguir una u otra religión. En Life of Pi parecería que la existencia de Dios no tiene nada que ver con la fe y los hechos, no siendo más que una mejor historia que el racionalismo, el ateísmo o el agnosticismo.

Martel, el autor de la novela, señalaba que se consideraba religioso “en un sentido amplio”. Afirmaba, en una entrevista con ocasión de la publicación de su novela más famosa, que ésta trataba sobre “descubrir la vida a través de una perspectiva religiosa. La religión no niega la realidad, la explica”. En otra entrevista, sin embargo, afirmaba que la religión “es una interpretación de la realidad”, incluso llegando a equipararla con la fantasía, pero sin llegar a negar su autenticidad. Acerca de su obra, Martel señalaba que en Life of Pi la prueba de Dios no era racional, sino “existencial”, pero no parecía escapar de teñir esta experiencia “existencial” de un inherente subjetivismo. Difícil, como pretende Martel, conciliar todas estas afirmaciones, incluso sin caer en peregrinas discusiones acerca del sentido real de las palabras. En todo caso, con Life of Pi Martel apunta a que el lector supere una increencia inicial para abrirse a la posibilidad de una explicación que en un primer momento parecía fantástica. Esto es, para Martel, un mecanismo esencial en la apertura a lo religioso.

Sería desproporcionado aproximarse al contenido y forma de una obra de literatura, o de una película, como si fuese un texto de teología. Es cierto que el objetivo final puede ser valioso, pero también lo es que el modo de hacerlo es capaz minar la genuina intención del autor. Así, lo que en un principio parece una historia llena de esperanza en Dios, se puede convertir precisamente en un ataque contra las religiones. Estas no serían más que narrativas propias de la subjetividad, unas más bellas que otras, que cada uno elige según su conveniencia.

Desde esta perspectiva, e incluso respetando la intención de su autor, la crítica es válida, y puede llevar a una reflexión muy interesante acerca del carácter histórico de la fe en Cristo. El cristianismo no es sencillamente una mejor historia. La fe no se concibe como opción meramente subjetiva o según preferencias relativas. Es, sin duda, respuesta personal y en un sentido subjetiva, pero no subjetivista. La fe cristiana no es una mera interpretación de la realidad, sino reconocimiento de una presencia objetiva y real –un Dios personal y que se comunica– que da fundamento a toda nuestra existencia y a toda la creación.

Ante Life of Pi, como ante las religiones –e incluso ante otros aspectos de la existencia–, uno se puede pasar la vida cuestionándose cuál es la realidad, o qué prerrogativas posee en particular el cristianismo para afirmar su carácter verdadero sobre otras religiones. No es este el fin de la presente reflexión. Queda sí, para concluir, resaltar que la dificultad para comprender el sentido de Life of Pi –al menos el que parece haber querido su autor– radica precisamente en los presupuestos con los que presenta la experiencia religiosa. Decepcionante legado de una película por lo demás bella y sugerente, y sencilla advertencia de las consecuencias de señalar que todo puede ser relativo, afirmación que tiene como primera víctima a sí misma.

 

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